TEXTOS | 09-2006 archivos

Weblog de Manuel Cerezo Arriaza
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22-09-2006

La pintura como relato

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La última novela de Pérez Reverte El pintor de batallas (2006) se trenza sobre un argumento complejo en el que se dan cita el relato novelesco y la pintura.

La pintura de batallas ha sido un género narrativo, de base pictórica, muy empleado en la plástica occidental. Grandes lienzos y murales, con multitud de personajes historiaban famosas batallas, contadas, desde luego, desde la perspectiva del triunfador, y encargados a pintores de renombre.

Un buen tema, por tanto, para desarrollar una novela sobre los conflictos bélicos y sus víctimas, en este caso, más que desde la perspetiva de los instigadores de las guerras, a beneficio propio.

Y Arturo Pérez Reverte, como cronista de batallas, durante tantos años de su vida de periodista, como corresponsal en el frente al servicio de diversos medios de comunicación, ha vivido de cerca la guerra y ha conocido a sus víctimas y actores.

En este caso, la pintura de batallas se realiza desde la perspectiva del que quier exorcizar diversos demonios individuales y colectivos, un fotógrafo corresponsal de guerra.

De esta manera se realiza una intertextualidad de la novela y la plástica, a propósito de la guerra. La estética pictórica sirve de filtro estético para amortiguar la desolación de la guerra.

Hay continuas reminiscencias de pintores y cuadros famosos del arte occidental, y la novela se nutre documentalmente de la pintura, y conforma un texto mixto, que si bien está basado en el lenguaje verbal invita a una continúa recreación pictórica, realizada por medio de la imaginación del lector.

En una de las ediciones de esta novela, la obra se acompaña de un colección de postales de cuadros de batallas, con citas de novela.

No se trata de justificar la guerra a partir del arte, ni magnificarla como una obra de arte más, según perspectivas historistas.

Hay una reflexión, añadida, sobre el filtro reproductivo de la realidad operado por las artes, incluso por la fotografía, la preferencia a contemplar el mundo a partir de su reproducción, no en sí mismo.

De alguna forma se realiza una operación de transformación, de disimulo, de alteración en esta reproducción visual, que permite prescindir, en el mundo contemporáneo, de la pintura de batallas.

07-09-2006

ENIGMA

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El retrato de la Gioconda de Leonardo da Vinci es sin duda el retrato más celebrado de la historia de la pintura. Y lo es no por lo que tiene de reconocible, una mujer joven y bella posa sobre el fondo de un paisaje amplio y profundo, cuya perspectiva se consigue por un creciente difuminado.

Este motivo anecdótico no es esencial para el retrato en sí. Un verdadero retrato pues recoge tanto el aspecto físico como el moral o psicológico de la persona. Una mujer vestida a la usanza del tiempo, con ligerísimo velo y un amplio escote. Tiene sus manos cruzadas en la cintura, en un retrato realizado en un plano medio.

Su peinado, su atuendo y su propio canon de belleza corresponde a la visión renacentista. Un rostro redondeado y un cuerpo lleno. Sin embargo las manos son más estilizadas y gráciles.

Pero lo significativo de este retrato, como de todo retrato, es el rostro propiamente. Observemos que es un rostro bastante simétrico, de frente amplia y despejada, sin cejas, nariz larga, boca proporcionada, y un ligero mentón.

La simetría del rostro no es completa, y eso lo podemos comprobar ocultando la mitad lateral. El lado izquierdo del retrato, y derecho del rostro, es más directo y natural, el lado derecho del retrato e izquierdo del rostro es más sutil y angélico.

Y esta propiedad es una de las más significativas del retrato, pues esta ligera asimetría dada por factores psicológicos existe en el rostro de toda persona. Basta comprobarlo en una fotografía.

Ese equilibrio entre el lado humano de la mujer y el lado espiritual del ser encarnado, es uno de los factores que más sutilmente contribuyen a la grandeza del retrato.

Sin embargo, lo que más se ha ponderado ha sido la sonrisa de Mona Lisa. Es leve, un esbozo de sonrisa, que ilumina el rostro ligeramente. Pero el sentido de la sonrisa, en su levedad, lo buscamos intuitivamente en la mirada. Una mirada que no está dirigida al espectador del cuadro, sino que se sale del cuadro dirigiéndose a la derecha, como si la modelo mirase a alguien querido que está allí aguardándola mientras posa pacientemente.

El conjunto de leve sonrisa y mirada intensa y cómplice, anima el rostro, le da vida y misterio. Es el enigma del cuadro. ¿A quién sonríe, a quién mira?

Por otra parte hay en esta mujer una actitud de sosiego, de equilibrio y de armonía. No se muestra impaciente ni vanidosa, aunque sí muy centrada en sí misma, muy segura.

No es por otra parte un arquetipo, sino el auténtico retrato de una persona concreta, si bien investida de los atributos de la femineidad. El conjunto es suave, grácil, apacible, sereno y noble. Un oasis de dulzura en el mundo en que vivió Leonardo, mucho más rudo y conflictivo.

Pero, a pesar de todas las explicaciones y comprobaciones nos queda un resto de enigma, un punto indescifrable, un misterio en la persona, que se adivina pero no se deja comprender. Y este es el rasgo más relevante de la obra. La cualidad que la hace memorable, pues a pesar de todas las indagaciones y reflexiones nos queda ese resto indescifrable, que nos hace mirar y volver a mirar, sin fin el cuadro, encontrando siempre nuevas sugerencias.

Con ello la obra se convierte en un caudal infinito de sentidos, un espacio abierto a la creatividad y a la imaginación. La propiedad que podemos apreciar como más valiosa en todo texto.

05-09-2006

EL RELATO REVELADOR

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Antonio Muñoz Molina, El viento de la Luna, Barcelona, Seix Barral, 2006

Es este un relato de la vida del autor en su pueblo natal durante su primera adolescencia, cuando tenía 13 años, en aquel julio en que el hombre llegó a la Luna, la engendradora de todos los sueños. Mágina (como fueron para otros novelistas Vetusta, Marineda o Pilares) es el escenario de la historia, un fantónimo, que ya ha aparecido en varias de sus obras. En esta novela vuelve a la historia personal encuadrada en la historia de su familia y de la ciudad, tema recurrente de algunas de sus novelas.

Uno de los presupuestos de género establece que la novela desarrolle un contenido ficcional que el lector recibirá como real, al internarse en la ilusión narrativa. En el caso de esta novela, y de otras escritas por Muñoz Molina, a partir Sefarad (2001), se invierte el proceso, y la historia real es recibida por el lector como ficción, como relato narrativo.

Sin embargo, esta inversión de lo real en ficción no resta interés ni sentido a su obra. Podríamos decir que incluso opera como un atractivo añadido, aunque una novela no cautive a sus lectores porque lo que cuente sea real, sino por el efecto de realidad que produzca, por su verosimilitud.

Y esta historia personal contiene suficiente verosimilitud como para cumplir ese requisito novelístico, pero esta verosimilitud no es el resultado de una invención eficaz, sino el producto de un relato que se atiene no tanto a los hechos mismos como a visión personal y vivencial del que los cuenta, siempre en estos casos un narrador en gran medida autodiegético, que esta ejerciendo su autoaprendizaje de la vida.

Y esta historia real, que contiene muchos elementos de crónica social del franquismo, resulta tan verosímil y tan fiel que no puede entenderse del todo sino operamos sobre ella los beneficios de la ficción. No podría ser más auténtica la historia si fuera inventada, ni podría ser más eficaz el relato si fuera producto de la fantasía.

Y así resulta que el relato vuelve a sus orígenes de crónica de la realidad vivida, vista desde la distancia y la nostalgia, desde el hoy engreído y autosuficiente que la torna en una especial y tierna verdad. 

Lo que se cuenta es tan real que solo puede resultar fantástico, porque si bien es lo que ha ocurrido no puede haber sido más que el producto de un sueño, a veces de un mal sueño. ¿Pero acaso no es la vida sueño?

Y ese sueño de la vida diaria de este joven, ser un astronauta, un viajero, un descubridor de mundos, que se evade imaginando las peripecias de los astronaturas, y se refugia en la lectura de los libros y en sus fantasías para escapar de una realidad que no sabe entender ni asumir, nos despierta a nosotros, lectores, del sueño con que vivimos ahora nuestra vida cotidiana, en la que no hay menos mitos ni menos fantasías o anhelos que los que tuviera este adolescente perplejo.

↓ 08-2006