TEXTOS | 11-2006 archivos

Weblog de Manuel Cerezo Arriaza
↑ 12-2006

19-11-2006

CRUCE DE MIRADAS

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Este supuesto autorretrato de Marie-Denise Villers titulado Joven dibujando (1801) es un buen ejemplo de la estética neoclásica en uno de sus momentos más originales. También una de las obras más acreditadas de una pintora, en un momento histórico en que la mujer se incorpora de forma decisiva a la creación artística.

Se trata de un interior que nos muestra el espacio exterior a través de la ventana, uno de cuyos cristales está roto, por la que vemos un ejemplo de arquitectura neoclásica también con un tratamiento de perspectiva lineal. Al fondo hay dos figuras empequeñecidas por la distancia.

La ventana sobriamente desnuda de todo adorno, lineal y sencilla, es la puerta de la luz que ilumina la figura en un cierto claroscuro. Es una persona sorprendida en el acto de dibujar, está sentada, algo inclinada para sostener la carpeta, muestra en su mano derecha el lápiz y mira hacia el contracampo, como si estuviera esperando el disparador de la cámara fotográfica. Esta instantaneidad del cuadro es lo más sorprendente y moderno de la obra, nos aproxima a los procedimientos y poses de la reproducción mecánica.

Sobre el fondo neutro de la desnuda pared de la habitación destaca la figura, resaltando en su luz por el vestido blanco, que contrasta vivamente con el rojo de la capa, dejada en el respaldo de la silla, tapizada también en tercipelo rojo.

En el cuadro se han cuidado mucho los pliegues del vestido, que caen de una forma muy clásica, casi escultórica, ocultando el pie izquierdo, mientras que el derecho asoma levemente adelantando su posición.

El rostro triangular viene enmarcado por las guedejas de pelo rubio que contornean la cara de la bella joven, esta caída tiene paralelo con las cintas que cuelgan del cierre de la carpeta.

Pese al estatismo de los elementos de fondo, la figura ofrece un aspecto muy dinámico, por la postura inclinada que crea una línea diagonal en paralelo con la carpeta. Mientras que el respaldo se orienta en sentido contrario formando una uve, que se ve repetida en el ángulo del brazo izquierdo.

Los espectadores de la obra que disfurtan de todos los elementos de la figura y de la composición son mirados de forma atenta y sorprendida por la expresión del rostro, que posiblemente estaba mirando la figura que dibuja, en definitiva nosotros en este momento.

Así podemos obervar que de una estética aparentemente fría y monótona como se supone que es la neoclásica, estrictamente académica se puede obtener una obra creativa, fresca, y luminosa como es este autorretrato real o supuesto, y en esta duda sigue estando también la voluntad expresiva de la obra.

En definitiva es la obra en que se cruzan dos miradas, la del espectador y la del texto, ambos se contemplan, ambos se observan, ambos se citan, se requieren. Y es que la obra de arte es diálogo, comunicación, creación mutua del autor y del lector.

08-11-2006

La figuración del hastío

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Este retrato de un Muchacho con pipa (París, 1905) de Pablo Ruiz Picasso pertenece a su época rosa. Hay dos colores dominantes en la composición, el rosa del fondo sobre el que contrasta el azul de la vestimenta del personaje. Entre ambos como nexo está la guirnalda de rosas que lleva en la cabeza, lo cual vincula la figura con el fondo pintado con rosas.

De esta forma se crea una armonía estética entre la figura y su entorno, recreando un ambiente estático y báquico, que sin embargo está un poco desmentido por la expresión facial del joven, llena de desencanto y hastío.

El sujeto está algo desplazado hacia la derecha, y eso evita una simetría que hubiera dado monotonía al cuadro. El juego de las manos permite también crear algún dinamismo en una composición en sí misma muy plana.

La mano izquierda forma una diagonal ascendente para sostener la pipa a la altura del pecho. El gesto con que sujeta la mano es distendido y contiene una cierta pose elegante y ambigua. Esa mano hace juego con el color de la cara pálido, de rostro afilado, grande orejas, nariz fina, ojos soñolientos, y expresión aburrida de efebo cansado y mustio.

05-11-2006

AUTOFIGURACIÓN

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La época azul de Pablo Ruiz Picasso tiene en este Autorretrato (1901) una de sus obras más sobresalientes. El artista nos muestra al joven pintor como observador observado. Es el Picasso de veinte años, residente en Barcelona, habitual de la cervería Els Quatre Gats.

En su periodo azul (19001-1904) se limitó a pintar utilizando una gama monocroma de azules muy vibrantes. La frialdad de los azules, junto a su profundidad y vibración permiten expresiones figurativas de gran sensibilidad y belleza, algo irreales y adecuadas para subrayar las limitaciones de la existencia humana.

El rostro pálido y delgado de este joven Picasso de mirada intensa y soñadora contiene la originalidad de un gran genio. Es un figura escueta, casi monacal por su indumentaria y su expresión. Los gruesos labios le dan al rostro una sensualidad que desmiente la primera impresión y contrasta con el blanco gélido de la frente.

La autofiguración es una manifestación artística que merece siempre una contemplación atenta, ya que es la objetivación subjetiva de la percepción del autor, visto por sí mismo. En el autorretrato podemos acercarnos a su autoconcepto, a la complacencia del artista, a su narcisismo o su impugnación.

El retrato juega su impacto visual en el contraste del azul pastel del fondo con el azul oscuro de la indumentaria, frente al blanco puro de la frente que se va velando en trasparencias azuladas en la parte central e inferior del rostro. Un diálogo de tonalidades que hablan por sí mismas, despegando la figura del fondo y la cara del resto de la composición.

↓ 10-2006