TEXTOS | 07-2005 archivos

Weblog de Manuel Cerezo Arriaza
↑ 08-2005

23-07-2005

Apuntes

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La ágil, suelta y precisa pincelada de este apunte de J. Sorolla nos transmite la visión de una escena marinera en la que la recogida de las velas por parte de unos pescadores que tienen sus barcos en el varadero posee toda la espontaneidad y belleza de lo auténtico.

El apunte es un género pictórico menor que, sin embargo, conserva la mayor frescura y permite al espectador de la obra esbozada presumir un desarrollo posterior más amplio y detallado.

Pero el apunte, en sí mismo, resulta valioso, porque cuando la obra en ciernes se vea acabada en el estudio, habrá perdido parte de esta gracia espontánea y se habrá convertido en una idea de mayor formalización y pretensiones.

El apunte es a veces tomado como un divertimento del artista, tiene una finalidad en sí mismo, y así lo ha ejercitado Sorolla en miles de tablillas o soportes variados, mezclando técnicas como el óleo y la acuarela.

Este hacer en que la mano y el ojo se dejen llevar por la improvisación, por una impresión instantánea y fugaz hacen que la pequeña obra de arte que nace de un juego tenga un especial atractivo, y el artista demuestra así su dominio de la técnica y su libertad creadora.

El apunte es igualmente un género textual, recigido en esos cuadernos de calle en que los poetas y escritores acompañan su deambular por la escena social o natural.

Los apuntes vistos en su formato original conmueven a los lectores, pues son el germen de obras a veces grandiosas, recogidas al azar de la inspiración.

F. Nietzsche fue uno de los escritores de apuntes más afortunados, durante sus largas caminatas recogía sin parar impresiones que anotaba al instante en su cuaderno, y de esta forma escribió, en pocas semanas una obra tan conocida y apreciada como Así hablaba Zarathustra.

Y es que el espíritu es ágil y nos proporciona a veces impresiones deslumbrantes e instantáneas que hay que recoger in situ. Toda obra en curso requiere de apuntes, anotaciones, esquemas realizados en cualquier papel, ideas fugaces transcritas a vuela pluma.

En la medida en que la idea se formaliza, va dejando atrás esa energía original de que partió. Por eso la obra no debería perder del todo esa sencilla naturaleza del apunte.

Y en el fondo toda obra no es más que un fragmento de algo mucho más amplio, el amor, la belleza, la verdad, esa unidad universal que todo lo contiene. Somos todos los fragmentos de un discurso amoroso (Barthes).

15-07-2005

Escribir la lectura

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Este óleo con figura de J. B. Camile Corot "Lectura interrumpida" (1865-70) nos muestra a una pensativa mujer que ha dejado caer el libro sobre su regazo para introducirse en una íntima evocación o en un pasaje introspectivo, provocado seguramente por las ideas que la obra que estaba leyendo le han inducido. La curvatura de su cuerpo, su mano derecha apoyada en la cabeza, su mirada desenfocada, su actitud receptiva, nos evocan también la imagen de la lectura interior propia de la literatura romántica.

Y es una muestra plástica muy elocuente de esas operaciones que el lector realiza sobre la obra, incluida esta de dejar a un lado el libro para conectar su contenido con pasajes del sentimiento, el recuerdo o la fantasía.

En estos momentos la lectora está "escribiendo la lectura" (Barthes) realizando operaciones inferenciales, extrapolando ideas, haciendo incursiones a otros mundos posibles de realidad o pensamiento.

Y es que la obra es un disparador de los procesos de interiorización, pues la lectura ocurre en el espacio de la conciencia, en el mundo mental del sujeto.

Por eso, la lectura callada es un acto solitario, como la voluptuosidad (Proust), a veces ensimismado, en la que la persona se refugia en un ambiente de soledad y de silencio y se enfrenta ante la obra, espejo, en alguna medida de sí misma.

Entonces, la lectura se convierte en un ejercicio de auto descubrimiento, de navegación por mundos de fantasía, en que la realidad se vive en subjuntivo (Brunner).

12-07-2005

EL AIRE DE TU HUELLA

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Esta escultura de Eduardo Chillida "Lo profundo es el aire" XIX (1998) la realizó como un homenaje al autor del Cántico Espiritual.

Asombra este volumen de piedra horadado por dos aberturas geométricas dispuestas a distinta altura. De esta manera la sólida apariencia de la roca se muestra accesible en su intimidad sorprendida y se abre al exterior desde el interior.

La lejana apariencia de una cabeza que es espectador evoca queda muy diluida y desmentida por esta asimetría vertical.

Y es que el sentido de la obra es diferente. Consiste en contraponer la densa solidez de la materia y su atracción gravitaroria con la idea abstracta, inmaterial y leve, a que nos conduce su contemplación, en busca de un significado trascendente que su inmanencia parece desmentir.

Y es que la obra es una cita hacia lo inmaterial, lo oculto, del ser inamovible. Una realización del sentido del ser en Parménides, como permanencia inasequible a la transformación del río de la vida.

El aire, como lo más tenue e invisible conocido por la experiencia sensible, se convierte así en el símbolo de lo leve e inmaterial que penetra lo sólido y visible, y lo habita como huella del espíritu.

Y de esta forma se escribe la idea poética de San Juan de la Cruz en el texto de la piedra, como en una escritura jeroglífica imposible de borrar, y traduce su sustancia a sentido, idea, palabra y lenguaje, logos, y, finalmente, ser o esencia.

↓ 06-2005