TEXTOS | 05-2020 archivos

Weblog de Manuel Cerezo Arriaza
↑ 06-2020

24-05-2020

La textura del símbolo


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Clare Gibson, Cómo leer símbolos. Una guía sobre el significado de los símbolos en el arte, Akal, Madrid, 2013


Los símbolos son condensaciones semánticas de amplio espectro, que han existido en todas las épocas y culturas, teniendo una conformación geométrica, o un análogon vegetal, animal o humano. Son muchas veces elementos identitarios, sagrados, mágicos o también científicos, cuyo origen se desconoce en muchos casos o en otros han sido formados recientemente para acompañar los mensajes sintéticos de las redes sociales con iconos de valor expresivo o emotivo.


Cada símbolo es un mensaje en sí mismo, cuyo significado no se agota fácilmente en una única definición, pues como el símbolo literario aglutina múltiples connotaciones, dependiendo de la capacidad decodificadora del lector, de su imaginación o de sus conocimientos.


Muchos símbolos remiten a la geometría sagrada y tienen un valor iniciático, pues nos permiten adentrarnos en el inconsciente, en el mundo de los sueños o de la imaginación creadora, desde donde provienen muchos de ellos, ya que el sueño contiene muchos símbolos y es simbólico en sí mismo.


Esta obra recopila un amplio repertorio de símbolos de todas las épocas y geografías, y de cada uno se hace una descripción, a modo de enciclopedia de símbolos, para facilitar su lectura a aquel que se los encuentre en obras artísticas, pictogramas, emblemas, códices o manuscritos.


A pesar de tan amplio repertorio se echan en falta muchos más, pues el mundo de los símbolos es tan amplio que resulta casi infinito, y difícil de plasmar en una sola obra.


Este libro resulta muy visual y de fácil consulta para la localización de algún símbolo que pueda interesar conocer, al mismo tiempo que contribuye a enriquecer nuestra cultura simbólica, icónica, ideográfica y jeroglífica, asociando cada conjunto de símbolos a una época, escuela, filosofía, religión o tradición.


 



19-05-2020

La textura del encanto


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Rosalind Pepall de Mestral, Louis C. Tiffany, Le maître du verre, Gallimard, Paris, 2009

En pleno
esplendor del modernismo, del impresionismo, de las artes decorativas, se
desarrolla en Nueva York la versión propia de este movimiento que tomará el
nombre de una familia de artistas, los Tiffany.

El padre, Carlos,
joyero y orfebre, y su hijo Luis, pintor orientalista y viajero,
dieron pie a este estilo. Este último quedó impresionado por el colorido
exótico y brillante de las artes decorativas orientales, y las traslada a Nueva
York realizando una versión industrial y artesana propia.

Deja a un
lado la pintura y se dedica a desarrollar una factoría artística singular y
conocida en todo el mundo, creando objetivos decorativos de todo tipo, piezas
únicas cada una de ellas, que ahora son objetivos de coleccionista o de museo.

Su principal
hallazgo fue el uso creativo del cristal coloreado, con toda clase de
brillantes y originales aplicaciones, engastado en hierro, bronce, plomo u
otros metales que le sirven de soporte a sus famosas lámparas de libélulas. Para
realizar esta empresa, le da libertad completa a los artistas y artesanos del
taller que se aplican a desarrollar un imaginario que tiene un sello propio.

Como en el arte
decorativo europeo, recuérdese a Gaudí, por ejemplo, los elementos vegetales o
mitológicos, siempre exóticos y muchas veces con resonancias chinas o
japonesas, fueron integrados con un sello personal de un gran esplendor y
originalidad.

Esta
biografía de Rosalind Pepall ha sido magníficamente editada por Gallimard, en
un libro de bolsillo, cuyas gruesas páginas se pueden desplegar y, con ello, agrandar
los motivos que contiene, que dan cuenta, de una forma muy visual y elocuente,
de la belleza de las formas creadas en la factoría Tiffany´s, en la que se aúna
la fusión de la naturaleza y el arte con un encanto y originalidad que cautivan
la mirada.

 

 

 

 



16-05-2020

Textos sin sujeto


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Flaminio
Gualdoni, La nature morte, Skira, 2009

Interesante
y muy bien ilustrado capítulo de la historia de la plástica figurativa es esta
obra que realiza una amplia síntesis del desenvolvimiento del género de la
naturaleza muerta, que desde la antigüedad clásica quiso competir con el
aspecto visual de las cosas mismas.

Fue Caravaggio,
del cual vemos un fragmento de su “Cesto de frutas” en la portada de la obra,
el que contribuyó a darle al bodegón, como se le llama a la naturaleza muerta
en la tradición pictórica hispánica, el mismo valor y dignidad que la que tiene
el retrato o el paisaje.

En el
bodegón, la atención del pintor se enfoca en las cosas mismas, como contagiado
por el famoso lema Husserl, unas veces objetivos decorativos, instrumentos
musicales, objetos de cocina, animales, alimentos, flores frutas, interiores de
casas, etc. 

Cada movimiento pictórico ha explorado esa mirada hacia las cosas
desde presupuestos éticos, estéticos o intenciones diferentes, pero en todo
caso en este género el pintor ha tenido siempre la libertad de componer los
objetos e iluminarlos, aunque en cada época dentro de unas convenciones asumidas
o innovadas.

Con la
aparición de la fotografía, el objeto retratado ha competido con el bodegón en
verosimilitud figurativa, imitando a veces a la pintura o siendo imitada por
ella.

Estos cuadros
de objetos sin sujeto, siendo el sujeto únicamente el que los mira admirado,
complacido o extrañado, gracias a la representación ejercida por el oficio y la
pericia del pintor, nos invitan a considerar la perennidad del objeto mismo en
trance de reclamar sobre sí mismo una esencia intemporal y eterna, a cuya
aspiración le presta la obra de arte un valor añadido del que por sí mismo
careciera, pues de alguna forma el bodegón es la promesa de esa esencia metafísica
de la que carece el objeto y que la mirada del pintor y del que mira el cuadro le otorga y rescata.

En
definitiva, podríamos decir que el bodegón es un intento de pintar el alma del
objeto. A darnos cuenta de ello contribuye, sin duda, esta bella obra de Flaminio
Gualdoni.

 



08-05-2020

Un pintor en su mundo


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Alain Vircondelet, Auprès de Balthus, Éditions de Huitième Jour, Paris, 2010

Este bello
librito, magníficamente ilustrado, es el testimonio del encuentro de Alain
Vircondelet, biógrafo de escritores como Camus o Duras y otros muchos más, con
Balthus, en los dos últimos años de su vida, en que pudo conocer al pintor y a
su esposa, la condesa Satsuko, también pintora, en el chalet más bello del mundo, situado en
Rossinière (Suiza).

Relata
Vircondelet la llegada al chalet, su encuentro con sus habitantes, sus
frecuentes estancias en el mismo, para estimular que Balthus escribiera sus
memorias, y las confidencias que este le hacía susurrando. Allí pudo admirar el
ambiente casi místico de la vida de estos dos pintores, sus rutinas, la
atención y dedicación al arte, cada uno por su lado, y sobre todo lo que para
Balthus significaba la pintura.

Balthus fue
un pintor exquisito, que se mantuvo al margen de todas las vanguardias, y
elaboró cuadros de paisajes, siguiendo la inspiración de Poussin, y retratos, muchos de ellos de familiares y de jovencitas en el límite de la pubertad, pero sin
el sentido erótico que se le ha querido otorgar. Vircondelet lo analiza como
una investigación en los momentos de tránsito de una etapa a otra de la vida,
desde la niñez a la adolescencia, con todo lo que para él significaba la
infancia, como el paraíso que nunca abandonó del todo, pues supo preservarlo en
su intimidad para mantenerse siempre abierto con una sensibilidad de
niño.

Es esta una
biografía que hay que saborear con delicadeza, ir sorbiéndola poco a poco, sin
prisas, recreándose en ella y así participar, de alguna manera, del misterio
interior que para Balthus fue siempre el arte y la belleza. Aprendiendo a ver
un Balthus distinto al que los tópicos han consagrado, una persona, al término
de su vida, que puede contemplar toda su obra y su existencia misma como un
camino de autodescubrimiento.

Más que un
esteta exigente y exquisito, Balthus fue un buscador de la luz, más allá de las
apariencias, sabiendo siempre que el mundo en que vivía era un mundo
provisional y transitorio, en el que uno no se puede asentar para siempre.

 

 

 

 



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