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Weblog de Manuel Cerezo Arriaza
↑ 09-2006

08-08-2006

AUTORRETRATO (VI)

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Autorretrato (1669) de Rembrandt, a la edad de 63 años, el año final de su vida. Observemos que a diferencia de otros autorretratos anteriores ya no aparece acompañado de los instrumentos de pintura ni en el acto de pintar.

Va vestido con un grueso abrigo, tiene las manos al parecer enguantadas y lleva un sencillo tocado. Su pelo es blanco, un ligero bigote adorna su boca, y su rostro aparece más redondeado y grueso. La mirada sigue siendo viva y expresiva.

Todo el cuadro presenta una luz y un color bastante uniforme, que viene dado desde el fondo neutro sobre el que destaca el color rojizo apagado del abrigo, y la claridad del rostro, iluminado, como siempre de forma lateral. El cuerpo está girado hacia el frente desde su mano derecha.

Este rostro tiene ya menos sombras, su frente abultada y esférica revela el temperamento visual del artista. La ancha y gruesa nariz destaca en su cara, y las carnosidades de sus carrillos algo flácidos.

Su expresión es bonachona, paternal, y complacida en sí mismo. Estamos ante el Rembrandt que ha culminado una vida de experiencias y que ha dado obras inolvidables a la pintura universal.

Y ahora parece estar ya descansando de sus trabajos, contemplando su vida y su obra como un todo acabado y lleno de frutos espléndidos. Con ello Rembrandt se despide de la existencia y nos dice adiós indulgente y pidiéndonos que no olvidemos su obra.

07-08-2006

AUTORRETRATO (V)

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Este Autorretrato (1661) de Rembrandt nos ofrece la imagen del artista a la edad de 55 años. Es una obra inacabada, las manos no aparecen pintadas, y la indumentaria está únicamente esbozada.

Pues el pintor lo que ha querido recoger ante todo es el rostro, centro de todo retrato. Observamos que ofrece una visión frontal del cuerpo, sobre un fondo neutro, animado por esos dos semicírculos que llenan el espacio vacío.

La paleta cromática utiliza mucho una entonación amarillo dorada, típica de toda su obra, acentuada más en este caso en tonos claros. Hay más luz en este autorretrato que en otros cercanos a este momento.

La figura está ligeramente desplazada hacia la izquierda, para evitar la monotonía de un retrato en el centro del cuadro. Nos muestra un Rembrandt ya más seguro de haber superado muchas de sus dificultades, en plena posesión de sus facultades de pintor genial, con el pelo blanco y un atuendo de taller.

La iluminación lateral ensombrece un poco la parte izquierda de su rostro. Su ojo izquierdo queda un poco en penumbra, mientras que el derecho se ve con perfecta atención, y con una actitud pensativa, apaciguada por la paz reencontrada.

Esa natural espontaneidad del autorretrato, su frescura y campechanía nos sitúa ante un maestro indiscutible que se muestra de forma franca como pocos pintores han sido capaces de mostrarse, sin adornos ni mentiras de ninguna clase.

Está en su estudio, disfrutando de su arte, de los placeres de la creación pictórica, dueño de sus posibilidades, entregado a su obra, complacido en sí mismo y en su edad, feliz. Qué sencilla nobleza respira este autorretrato del genial pintor.

06-08-2006

AUTORRETRATO (IV)

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Autorretrato (1660) de Rembrandt a la edad de 54 años. Observamos al artista visto en un momento de su vida en el que ha atravesado importantes contratiempos y dificultades. Se detiene ahora menos en representar el atuendo, que queda difuminado, aunque el retrato recorta su figura por debajo de la cintura.

Está situado delante del cuadro, y tiene en sus manos los instrumentos de la pintura, la paleta, los pinceles, el bordón. Observamos su aspecto más casero y descuidado, la barba incipiente, el tocado de trabajo. Su rostro aparece algo ajado y arrugado. Los labios apretados revelan su voluntad de resistencia ante las adversidades.

Sus ojos redondos son igualmente observadores y precisos, sobre todo el derecho, el izquierdo aparece, junto a esa parte del rostro, más apagado y cansado. Su nariz destaca ahora más por su anchura y prominencia.

Podemos apreciar la paleta cálida del pintor, que entona el rostro en colores dorados, las manos no están acabadas del todo, al igual que parte del cuerpo.

Pero lo que más llama la atención en el autorretrrato es ese gesto de autoobservación, el artista se reconoce tal como está, no disimula ninguno de sus rasgos, pero hay también una auto complacencia y una auto valoración de su sensibilidad y capacidad pictórica por encima de las adversidades.

El retrato recoge uno de sus posturas características del oficio de pintor, el momento en que está escrutando la figura, antes de pintar, la mirada atenta, concentrada en su labor, la expresión del que ha entendido y captado lo que quería, y está seguro de haber acertado en la apreciación de la forma.

05-08-2006

AUTORRETRATO (III)

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Autorretrato de Rembrandt realizado en 1640, como puede verse en la parte inferior derecha del cuadro, junto a la firma del artista.

Estamos ante un Rembrandt que contaba ya con 34 años, un hombre maduro, que ha desarrollado con plenitud un estilo propio, y que conoce ya importantes experiencias de la vida.

Esta madurez se aprecia por la expresión de su rostro, cálida y humana, con algunas arrugas de la experiencia de la vida.

Observamos que en este autorretrato hay una postura diferente, ligeramente girada a la izquierda, con la mano derecha apoyándose en una madera horizontal.

Es un retrato de medio cuerpo y tamaño natural. La figura aparece realzada por la teatralidad de la indumentaria, su abrigo de pieles, la camisa de hilo, el amplio gorro lateral y asimétrico, que engrandece su persona.

Los colores son ya los de la paleta de Rembrandt, los cálidos y suaves dorados, la atmósfera entonada en ellos.

Pero sobre todo destaca en esta obra la mirada directa, que apela al espectador, y lo mira con visión de pintor. Su ojo derecho es analítico y preciso, el izquierdo mira más el conjunto y el efecto estético.

Y es que para un pintor su principal instrumento son los ojos, la mirada. Pintar es ante todo saber mirar, después serán las manos las que ejecuten hábilmente esa mirada, recreando la figura.

Un autorretrato es verse a sí mismo, saber mirarse y apreciar no solo lo externo, sino sobre todo lo interno, que en Rembrandt está volcado a percibir visualmente los objetos y las personas, captando en ellos un algo indefinible. Es el autorretrato de un temperamento visual.

04-08-2006

AUTORRETRATO (II)

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Autorretrato (1634) de Rembrandt, cuando el artista tenía 28 años. Sobre un fondo neutro destaca la figura tomada desde medio pecho. Su cuerpo está ligeramente girado a la derecha y su rostro nos ofrece una mirada frontal decidida e intensa.

Las ricas vestiduras, la capa de piel, el cuello metálico, la cadena, le dan empaque a la figura. El amplio gorro asimétrico sobre una cabellera abundante engrandece la cara. La iluminación lateral, entrando siempre desde la izquierda enfoca muy bien el rostro, entonado en un color dorado pálido.

Los rasgos de su cara vienen dados por la ancha nariz, los labios gruesos, el mentón prominente y partido, el ángulo de las mandíbulas. La frente aparece velada por el cabello que cae y la oculta parcialmente.

Es la mirada escrutadora, observadora, del pintor, acostumbrado a apreciar todos los detalles de una figura, en este caso la suya, pero también a captar el conjunto y la psicología de los personajes.

Un autorretrato singular, que ensaya otra postura, una nueva puesta en escena de la persona, y una indagación en la psicología de un joven que ya va entrando en la madurez.

El retrato o el autorretrato es la exaltación del individuo, tomado como alguien que expresa la singularidad humana con toda nobleza, y también las debilidades propias de la condición personal.

03-08-2006

AUTORRETRATO

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Este es uno de los primeros autorretratos de Rembrandt. Nos muestra al joven artista cuando contaba con 23 años de edad. Es ya un retrato psicológico realizado con la técnica del claroscuro.

Observemos su actitud segura, su mirada casi desafiante dirigida al espectador, la abundante cabellera, la elegante y sobria vestimenta.

Lo más singular es la iluminación de la obra, una intensa luz lateral le ilumina fuertemente el lado derecho del rostro, mientras que el izquierdo queda en penumbra. Ello nos da la imagen de una cara descompensada en un violento contraste de luz y de oscuridad. Por tanto adquiere unas ciertas cualidades heroicas.

El fondo es neutro, y el rostro casi llena todo el recuadro, destacando solamente el busto, en una disposición axial. Su cuerpo está colocado hacia la derecha, pero su cara se vuelve a la izquierda para mirar al espectador y ofrecérsela visiblemente, de forma directa e inconfundible.

Ello nos permite apreciar muy bien las facciones, la nariz gruesa que proyecta su sombra, los labios algo carnosos, llenos de vitalidad, las cejas ligerametne enarcadas, los ojos pequeños y escrutadores, el mentón algo prominente, el suave ángulo de la mandibula, la frente amplia y más bien baja.

Es un rostro limpio, sin las arrugas del tiempo, terso y juvenil. De esta forma se veía en este momento el pintor, al tiempo que ensayaba la técnica que había aprendido con su maestro. Es una obra con fuerza y empeño, que nos muestra ya las cualidades de lo que será el genial pintor de retratos.

El autorretrato es siempre un texto problemático, sea literario o pictórico, pues requiere un autoconocimiento y una autoobservación profunda, pero al mismo tiempo mediatizada por el autoconcepto. En este autorretrato se aprecia que el pintor se valoraba bastante a sí mismo. Está seguro de sus capacidades y de su voluntad creativa.

02-08-2006

DIÁLOGO CON EL ESPECTADOR

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Este famoso cuadro Los síndicos del gremio de pañeros (1662) de Rembrandt es una de sus obras más conocidas. Corresponde a la etapa final del artista. Fue un trabajo que elaboró con cuidado y modificó varias veces, como se ha podido apreciar al examinarla con rayos X. Rembrandt quería satisfacer a los que le habían hecho el encargo.

En ella seis personajes distribuidos en el espacio de forma muy equilibrada nos miran intensamente y parecen conversar con nosotros.

El grupo da la sensación de que ha sido recogido en una instantánea fotográfica, de hecho uno de ellos se está sentando. Todo el cuadro tiene una luz lateral que crea una atmósfera amarillo-dorada y ocre, aunque los colores predominantes son el negro de los sobrios trajes de los personajes, el blanco de sus cuellos, y el rojo del tapete de la mesa, un lujoso mantel bordado.

El juego de las caras, los cuellos y los sombreros crea un ritmo muy intenso que le da una gran coherencia visual a la obra. Junto a esta uniformidad cada rostro es muy singular, un auténtico retrato de la persona en la que mediante su expresión capta perfectamente su psicología y la ofrece al espectador.

Esta apelación visual múltiple e intensa que recibe el espectador del cuadro, visto desde arriba, le permite establecer un diálogo directo y cercano con los personajes, hablarles a cada uno de ellos sucesivamente, al sentirse en el centro de las miradas.

Pocas veces se ha creado una obra artística tan apelativa y tan volcada al espectador. Ante ella uno se puede sentir intimidado, sobre todo cuando contempla el cuadro directamente, pues los personajes aparecen a tamaño natural, situados en un estrado y nos miran desde arriba, lo cual subraya su importancia como síndicos de tan poderoso gremio, encargados de supervisar la calidad de los trabajos.

El personaje del centro es el presidente, tiene delante el libro de contabilidad de la corporación. Como miembros electos de la misma representan diferentes clases sociales y los grupos religiosos que había Amsterdam. Detrás de ellos aparece, sin sombrero y de pie, un empleado de la corporación, que desarrolló una técnica de teñido de paños.

01-08-2006

HIPERTEXTO GENERATIVO

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El jinete polaco (1656) es casi el único cuadro ecuestre pintado por Rembrandt, o tal vez por alguno de los discípulos de su taller. Sobre el fondo de una amplio paisaje algo difuminado aparece la figura del jinete, cabalgando gallardamente su blanca montura.

Girado hacia la derecha nos permite apreciar su rostro y su actitud segura y dominante. Una iluminación en claroscuro refleja un fuerte foco de luz en la grupa del caballo y en el talle del jinete, distribuyéndose después por el resto del cuadro.

La pincelada es suelta y crea un efecto atmosférico en el conjunto de la obra gracias a entonadas tonalidades.

Esta obra ha sido descubierta hace unos cien años en un castillo de Polonia. Fue adquirido en Amsterdam por un noble polaco en el siglo XVIII, tal vez por el abrigo y el gorro que lleva el jinete, típicamente polacos.

No obstante el jinete no es necesariamente polaco, pues Rembrandt poseía una amplia colección de ropajes de toda Europa y Asia, que utilizaba como indumentaria para sus modelos. El jinete podría ser su propio hijo Titus, que en la época en que pintó el cuadro era un adolescente.

En esta disposión del juvenil jinete se ha visto el símbolo de un hombre solo que se dispone a afrontar su destino. Y la obra ha inspirado diversos relatos, que bajo el mismo título del cuadro se han publicado por Antonio Munoz Molina, que escribió una extensa novela con este título, como por John Berger, un enamorado del cuadro, que ha escrito también un relato inspirado en él.

Este cuadro, como toda imagen de amplio y profundo contenido, contiene un potencial interpretativo y creativo, que viene dado por su propia ambigüedad y la flotación de su sentido. Así un texto pictórico puede generar diversos textos literarios, como hipertexto de gran capacidad generativa, sobre todo cuando a la obra se le atribuyen contenidos de indefinición y misterio.

↓ 07-2006