TEXTOS | 02-2010 archivos

Weblog de Manuel Cerezo Arriaza
↑ 03-2010

17-02-2010

El texto ingenioso

img096 copia.jpg

Lo más apropiado y tal vez exigible sería que un ensayo sobre el ingenio fuera ingenioso. La obra de José Antonio Marina lo es, sin exceso, y sobre todo es un trabajo muy informado sobre los temas y las tendencias actuales.

Cuando la verdad es algo casi inasequible, y que ya nadie parece plantearse como adquisión o como meta, en todo caso solo el conocimiento parcial de algo, el ingenio parece ese juego de salón que ameniza la aridez del intelecto.

La filosofía posmoderna tampoco se plantea el ingenio, sino más bien la paradoja, el contraste, la denuncia, que muchas veces tienen un corto recorrido. Por eso, el valor de verdad más prestigiado hoy es la originalidad ingeniosa.

El ensayo se completa con un estudio del campo léxico del ingenio en español, lengua que ha encarecido el ingenio como arte (Gracián) y que encabeza la obra más estimada de nuestra literatura con un adjetivo de esta raíz "El ingenioso hidalgo ...".

Si entendemos el ingenio como "una caja de trucos", como parece que es para el barroco, el ingenio es puro artificio, pirotecnica verbal. Si lo entendemos como sutiliza y novedad entonces tendrá un lucido aire de profundidad elegante.

El ingenio tiene también algo de humor a veces disolvente, y se usa como antídoto de todas las filosofías dogmáticas, voltarianamente, desde la Ilustración, que sin embargo parece ya obsesiva para los pensadores de la insoportable levedad del ser.   

Agradecemos a su autor este deleite de referencias múltiples contadas sin la pretensión de un manual sesudo y compendioso. Frente a una realidad miedosa y aburrida bien vale un divertimento ingenioso.

15-02-2010

El texto del mito

img095 copia.jpg

La reciente desaparición de Claude Lévi-Strauss, el creador de la antropología estructural, ha permitido realizar un recuento del conjunto de su obra, que ha ocupado todo el siglo XX.

Su perspectiva para estudiar los hechos humanos consistía en una mirada lejana que buscaba encontrar los invariantes del fenómeno humano, a medio camino entre la naturaleza y la sociedad.

Estos invariantes se pueden rastrear tras la variedad de los mitos, las formas en la mesa, los sistemas de parentesco, las costumbres culinarias, el arte o los adornos de las tribus del Amazonas que Lévi-Strauss conocía de forma directa.

Para ello encontró un metódo inapreciable, el estructuralismo, importado de la lingüística, que privilegia más las relaciones entre los elementos que los elementos mismos.

Tambien reconoce la influencia de la obra de Freud y su capacidad para interpretar mitos clásicos y relacionarlos con el contenido de los sueños. Así aprende que el mito no contine un valor simbólico universal, sino contextual.

También reconoce la ascendencia de Marx sobre su obra, sobre todo en la relación que hace Marx entre modo de producción y construcción social.

Pero sus fundamentos originales están en la obra de Rousseau, que proponía estudiar el hombre en contacto con la naturaleza, como un puente entre esta y la cultura. Su mirada lejana la aprendió leyendo a este filósofo de la Ilustración.

La obra de Lévi-Strauss no hace concesiones al presente, al brillo cultural del instante, porque ha aprendido a reconocer en los mitos de las tribus sin escritura que hay una presencia humana frágil y sujeta a una historia que desborda la inquietud de una cultura, la occidental, que está amenazando la vida del planeta y la diversidad cultural.   

Quedó tan sorprendido por la diferente acogida mutua de los conquistadores de América, hostiles a los nativos, y los brazos abiertos con que estos los acogieron, como por el presente en el que vivía. Al final de su vida el mundo le parecía inconcebible, tan complejo e incomprensible que desbordaba todo lo conocido por la antropología y por la historia.

07-02-2010

La novela del blogger

img093 copia.jpg

Bartleby, personaje de Melville en su novela Bartleby el escribiente, sigue dando juego a la escritura, y sirviendo de pretexto para contar una historia en la que un personaje renuncia a escribir y a publicar.    

Es el caso de Arnold, el protagonista de esta novela, que apenas ha redactado de forma aleatoria y por azar diez páginas en su web. Ensimismado en una ciudad como París, escenario de todas sus nostalgias, prefiere cultivar el anonimato y su natural inclinación a la pereza.   

A esta vigencia del tema de Bartleby debe haber contribuido, sin duda, la obra de Enrique Vila-Matas Bartleby y compañía, cuyo  autor confiesa haberla escrito para evitar caer en el síndrome de la renuncia a escribir.

Esta novela se ha traducido al francés, y una y otra, la de Melville y la de Vila-Matas, aparecen citadas en la obra de Philippe Delerm, cuyo título es un homenaje a ese personaje inolvidable.

Junto al deseo de escribir, publicar, y adquirir fama, existe la oposición a hacerlo, en nombre de preservar una individualidad que se contenta consigo misma y no quiere exhibirse ante el público. Salinger ha hecho de gran parte de su vida un ejercicio de renuncia, una vez que saboreó las mieles y miserias de escribir.

Ahora Delerm encuentra en esta inclinación un motivo para escribir una obra, demostrando que el personaje no ha logrado inocularle su desidia. Sin embargo, el narrador omnisciente parece sentir esa tentación, pues entiende que la novela está acabada en el momento en que el personaje desiste de escribir y se despide de los lectores.

Este narrador se ha comportado, en cierta forma, como el escribiente de una vida que parecía necesitar de alguien que la relatara sustitutoriamente, con el mismo estilo con que el propio personaje podía haber escrito de sí mismo unos pots que el lector no disfruta, pero que se imagina a través del texto del narrador. 

Bartleby, que prefiere no escribir y que al final deja de hacerlo, sigue dando motivos para la escritura. Y es que en el texto hasta la ausencia es una marca. Y en el fondo no se puede dejar de escribir, pues hasta enunciar la renuncia es seguir escribiendo.

El blanco, el texto vacío, contiene a todos los textos posibles y agranda las posibilidades de una escritura tan tristemente limitada a decir estrictamente lo que dice. Renunciar a escribir es una huida de esta miserable condición. Renunciar a escribir es también quererse liberar de verse constreñido por lo dicho.      

05-02-2010

La narración de la subjetividad

img092 copia.jpg

Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, Barcelona, Seix-Barral, 2009, pág. 203-04, capít. 9

Esta extensa novela, la última entrega literaria de Muñoz Molina, una obra de casi mil páginas, consiste en un largo relato construido en estilo indirecto libre, por un narrador minucioso, obsesionado por dar cuenta con precisión de las sensaciones, sentimientos y recuerdos de su personaje, un arquitecto que huye de la guerra civil y busca encontrarse con su amante en Nueva York.

Esta intimidad psíquica del personaje, a través del cual se focaliza toda la historia, sirve también para reconstruir el ambiente y las circunstancias que acompañaron la guerra civil, esa noche de los tiempos, en la que el individuo quedaba anulado por los intereses del poder y su violencia.

Por otra parte es una novela de viaje, que empieza en la estación de Pensilvania, destino final del exiliado, pero que reitera mucho los pasajes de un viaje prolongado por diversos escenarios. El viaje es la experiencia de la mayor intimidad con uno mismo, sobre todo cuando el viajero viaja solo, como le ocurre también al viajero de La Modificación de Michel Butor. Y estos recuerdos son el material literario de un narrador omnisciente que escucha atentamente y relata este monólogo interior. 

De esta forma la novela es la historia poética de una sensibilidad personal, herida y maltratada por el ambiente, pero que trata de sobreponerse y mantenerse entera, a pesar de todo.

La narración es en gran parte descriptiva, con abundantes series de adjetivos que quieren dejar muy enfatizado el matiz destacado en cada momento. Ello da al texto una morosidad proustiana y constituye una prueba de paciencia, o de deleite, para el lector modelo de esta espesa historia, en la que lo subjetivo se va entretejiendo desde dentro, con lo histórico y social, entendido desde la denuncia de una conciencia ilustrada. Esta noche de los tiempos tiene, al parecer, su día de luz en el presente de un narrador que no se muestra nunca.

04-02-2010

Los invisibles del texto

img091 copia.jpg

La última novela de Paul Auster Invisible (2009), recientemente traducida al español, reconstruye unas circunstancias trágicas conservadas en la memoria de uno de los personajes, que revela de forma póstuma.

Así el texto invisible de la memoria se hace discurso sobre la urdimbre del lenguaje, y se han trazando los ejes enunciativos, la deixis temporal y espacial que acoge las relaciones entre los personajes y sus circunstancias vividas en común.

Un narrador omnisciente, también invisible, mueve los hilos argumentales y permite al lector caer en la sensación de que es la historia la que se hace relato, dimanando de sí misma. Se alternan sutilmente los tiempos narrativos con el diálogo autónomo de los personajes, la mayor mímesis narrativa, y el presente histórico nos sitúa en el ahora del acontecimiento.

Y así en esta historia hay varias invisibilidades, lo que no se puede ni quiere reconocer del pasado, un crimen horrendo, lo que no se puede demostrar pero actúa como una evidencia, la asunción en el texto de la historia que el propio relato fabrica, haciéndonos caer en la ilusión de un mundo posible que está instalado sobre el mundo fáctico, en las ciudades de Nueva York y París.   

De todo ello, lo único visible de veras es la superficie del enunciado agrupado en cuatro partes, en cuatro estratos narrativos, y sobre esa visibilidad lingüística se establecen todas las articulaciones invisibles del mundo narrativo, el verdadero efecto invisible de la novela, de toda novela. 

Como sugiere la ilustración de la portada, lo invisible no es lo que no se puede ver, sino lo que no se quiere ver.  

↓ 01-2010