TEXTOS | 05-2007 archivos

Weblog de Manuel Cerezo Arriaza
↑ 06-2007

13-05-2007

Autotexto

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Este Autorretrato de Hopper nos muestra la elocuencia de la mirada, del auto-texto, de la visión personal que el pintor hace de sí mismo como otro.

El autorretrato es uno de los géneros pictóricos más elocuentes. La objetivación del artista realizada por él nos muestra una doble mirada al mundo y al sujeto.

Y este auto-retrato en particular, donde aparece el autor tocado con su sombrero, nos muestra sobre un fondo blanco y neutro la singularidad de una mirada. El azul de la camisa enfría los colores cálidos de la cara y el sombrero.

Esa puerta del fondo, entrevista, cerrada, ofrece una prolongación del espacio hacia la nada. El carácter instantáneo, escénico, del retrato tiene un significado teatral, subrayado por el sombrero. El sujeto es un sujeto social y público, pero al mismo tiempo aislado en un interior diáfano que parece externo.

El autotexto por su reflexividad enfatiza la subjetividad del sujeto singularizado por sí mismo. El autotexto es espejo de sí mismo.

01-05-2007

El mar como texto

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Esta marina de Edward Hopper The Martha Mckeen of Wellfleet, es una de sus obras menos conocidas. Nos presenta una travesía en velero cerca a un islote donde posan pacificamente las gaviotas. Estamos acostumbrados al Hopper pintor urbano de la soledad, sus interiores de personajes rígidos y ensimismados, o el paisaje visto desde un interior.

Aquí está presente también el elemento humano, en la figuras de esos dos navegantes impulsados por la derrota de su velero. Sin embargo, en esta obra domina la naturaleza, el mar y el cielo, como gran paisaje concebido de forma panorámica. Las olas labran ese paisaje pintado en una paleta de azules luminosos, blandos y verdes azulados.

Aparentemente es una composición estática, marcada por la línea de un horizonte bajo, subrayado por la primera línea de arena amarilla del islote donde están las gaviotas. Sin embargo, este estatismo se quiebra por la figura del velero y las diagonales de sus palos y velas.

Ese dinamismo gobernado por el hombre contrasta con la quietud de las gaviotas en fila y de perfil, ensimismadas e indiferentes a lo que ocurre a su alrededor. La sombra que proyectan las velas subraya la luminosidad de un claro día de sol. El horizonte de nubes blanquecinas le da solemnidad al paisaje.

Pero el cuadro pinta también algo invisible, el viento que empuja la nave de costado y riza el mar, y el barco que avanza hacia el frente, en sentido contrario.

Y sobre todo ello está la grandiosidad del espacio frente a la insignificancia del hombre, una de las constantes de la obra de Hopper.

El mar y el cielo son los emblemas simbólicos de lo ilimitado para la cultura humana, los dos dibujados en la paleta del azul, el color que da una mayor sensación de infinitud.

Por eso, el mar y el cielo tejen tantos textos culturales, literarios o plásticos, tematizando la confrontación entre los inmenso y lo mínimo.

Miramos el cuadro con esa expresión absorta y ensimismada que requieren la contemplación de las obras de Hopper, a pesar de la evidencia de sus elementos, nos detenemos en su quietud porque sabemos que transportan un sentido más profundo e impalpable que habla a nuestra mirada. La nostalgia del infinito.

↓ 04-2007