TEXTOS | ENIGMA

Weblog de Manuel Cerezo Arriaza

Thu 07-09-2006 10:07 AM

ENIGMA

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El retrato de la Gioconda de Leonardo da Vinci es sin duda el retrato más celebrado de la historia de la pintura. Y lo es no por lo que tiene de reconocible, una mujer joven y bella posa sobre el fondo de un paisaje amplio y profundo, cuya perspectiva se consigue por un creciente difuminado.

Este motivo anecdótico no es esencial para el retrato en sí. Un verdadero retrato pues recoge tanto el aspecto físico como el moral o psicológico de la persona. Una mujer vestida a la usanza del tiempo, con ligerísimo velo y un amplio escote. Tiene sus manos cruzadas en la cintura, en un retrato realizado en un plano medio.

Su peinado, su atuendo y su propio canon de belleza corresponde a la visión renacentista. Un rostro redondeado y un cuerpo lleno. Sin embargo las manos son más estilizadas y gráciles.

Pero lo significativo de este retrato, como de todo retrato, es el rostro propiamente. Observemos que es un rostro bastante simétrico, de frente amplia y despejada, sin cejas, nariz larga, boca proporcionada, y un ligero mentón.

La simetría del rostro no es completa, y eso lo podemos comprobar ocultando la mitad lateral. El lado izquierdo del retrato, y derecho del rostro, es más directo y natural, el lado derecho del retrato e izquierdo del rostro es más sutil y angélico.

Y esta propiedad es una de las más significativas del retrato, pues esta ligera asimetría dada por factores psicológicos existe en el rostro de toda persona. Basta comprobarlo en una fotografía.

Ese equilibrio entre el lado humano de la mujer y el lado espiritual del ser encarnado, es uno de los factores que más sutilmente contribuyen a la grandeza del retrato.

Sin embargo, lo que más se ha ponderado ha sido la sonrisa de Mona Lisa. Es leve, un esbozo de sonrisa, que ilumina el rostro ligeramente. Pero el sentido de la sonrisa, en su levedad, lo buscamos intuitivamente en la mirada. Una mirada que no está dirigida al espectador del cuadro, sino que se sale del cuadro dirigiéndose a la derecha, como si la modelo mirase a alguien querido que está allí aguardándola mientras posa pacientemente.

El conjunto de leve sonrisa y mirada intensa y cómplice, anima el rostro, le da vida y misterio. Es el enigma del cuadro. ¿A quién sonríe, a quién mira?

Por otra parte hay en esta mujer una actitud de sosiego, de equilibrio y de armonía. No se muestra impaciente ni vanidosa, aunque sí muy centrada en sí misma, muy segura.

No es por otra parte un arquetipo, sino el auténtico retrato de una persona concreta, si bien investida de los atributos de la femineidad. El conjunto es suave, grácil, apacible, sereno y noble. Un oasis de dulzura en el mundo en que vivió Leonardo, mucho más rudo y conflictivo.

Pero, a pesar de todas las explicaciones y comprobaciones nos queda un resto de enigma, un punto indescifrable, un misterio en la persona, que se adivina pero no se deja comprender. Y este es el rasgo más relevante de la obra. La cualidad que la hace memorable, pues a pesar de todas las indagaciones y reflexiones nos queda ese resto indescifrable, que nos hace mirar y volver a mirar, sin fin el cuadro, encontrando siempre nuevas sugerencias.

Con ello la obra se convierte en un caudal infinito de sentidos, un espacio abierto a la creatividad y a la imaginación. La propiedad que podemos apreciar como más valiosa en todo texto.

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