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10-01-2021

El texto como paisaje interior


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Juan Ramón Jiménez, La Colina de los chopos, Edición de Francisco Garfias, Colección Ser y Tiempo, Ed. Taurus, Madrid, 1965

Poder leer, hoy, un ejemplar de esta edición original de las prosas sobre el Madrid de la segunda y tercera décadas del siglo pasado, visto y mirado por Juan Ramón Jiménez, desde de la Residencia de estudiantes y otras residencias en ese Madrid de entonces, en un ejemplar en el que el tiempo ha escrito el color amarillo y mohoso de sus hojas, es realizar un viaje al pasado. 

Y hacerlo de la mano de la sensibilidad excepcional del poeta de Moguer a la luz y el color del tiempo, que para él era el espíritu mismo: “Cuando yo digo color, digo espíritu. Ante el color del mundo, desaparezca todo lo demás”. 

En estas breves prosas aparecen muchas veces sus amigos y los paisajes de su soledad, los días y las tardes, las estaciones del año, los tranvías amarillos y los faroles de gas.

Pero sobre todo su sensibilidad especial hacia el mundo vegetal de los árboles y las flores, en los jardines del Madrid de entonces, como paseante que mira y ve y sueña su visión ilusionada, siempre como fondo la Sierra de Guadarrama. 

Recuerda con especial fervor los tres mil chopos que plantaron los residentes en la colina que recibió este nombre, cuando la Residencia estaba dirigida por su entrañable amigo Alberto Jiménez Frau, a quien Francisco Garfias dedica esta obra póstuma, creyendo intuir la intención del artista. 

Juan Ramón Jiménez representaba en aquel Madrid la misión de Andaluz Universal, como quería presentarse, ante la cohorte de españoles universales cuyas sombras se paseaban pensativas por los jardines del Retiro: “Son los verdaderos españoles amigos de la vida, del hombre, de la eternidad”. 


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