TEXTOS | 08-2007 archivos

Weblog de Manuel Cerezo Arriaza
↑ 09-2007

17-08-2007

Un yo que vertebra el texto

511px-Anthonis_van_Dyck_050[1].jpg

Un autorretrato de Anton van Dyck nos muestra la grandielocuencia barroca de este pintor holandés que pasó buena parte de su vida en Inglaterra.

Como es usual en sus retratos, el personaje aparece revestido de sus mejores galas, que resaltan y agrandan su figura, y en una actitud dinámica, un gesto instantáneo, como si tratara de una fotografía.

En sus retratos, el personaje siempre mira fuera del cuadro, y frecuentemente hacia el propio espectador, a quien interpela con su mirada directa. Las manos también aparecen retratadas, y en este caso podemos ver las suyas de largos y finísimos dedos, que le hacían capaz de realizar los grabados más precisos y exquisitos.

La pose se acompaña de un peinado bien elaborado, que muestra una cabellera abundante, pintada con toda exactitud.

La obra parece un homenaje a la capacidad de representación figurativa en su máximo esplendor, de ahí el aspecto casi tactil con que aparece su indumentaria de seda.

El fondo, sin embargo es neutro, y evoca el lienzo sobre el que tan a menudo trabaja el artista, entonado con el azul oscuro de su vestimenta.

Sobre ese fondo de colores profundos destaca el rostro iluminado, donde se puede apreciar la tersura de la piel blanca, la carnosidad de los labios, la nariz recta y pronunciada, aunque bien proporcionada, las finas cejas, la mirada directa y esforzada, del que sabe ver y descubrir los detalles más sutiles. Su rostro tiene ciertas calidades femeninas, dentro de su masculinidad.

Es el autorretrato del artista en su máximo esplendor, en una etapa de su breve existencia llena de exaltación y vitalidad. Un retrato que no se cansa el espectador de mirar, y que siempre dice algo nuevo en cada mirada.

Y es que la mirada es infinita en su capacidad de descubrimiento, y esa capacidad para descubrir permite a las manos del artista representar el inagotable mundo de las apariencias.

El yo triunfante se muestra a sí mismo en la plenitud de sus capacidades, dueño de su poder y seguro de sus cualidades.

Es un yo que vertebra completamente el texto pictórico y nos permite recrearnos en él sin medida.

16-08-2007

La mirada con que somos mirados

477px-VanGogh_1887_Selbstbildnis[1].jpg

Este es uno de los autorretratos más célebres de Van Gogh. Sorprende en él la expresión profunda y un tanto ausente del artista, y la técnica empleada para producir la figura, la gama de colores y el estilo puntillista.

El cuerpo del artista está integrado en la atmósfera de su entorno, delineados ambos a bases de puntos y trazos de colores vivos, que se disponen de forma concéntrica en torno a la figura, creando un espacio envolvente.

En la gama de colores predomina el amarillo, el rojo y el negro, sobre un fondo verde, el mismo verde de los ojos, que se abren a la mirada como un vacío interior.

Todo ello le da dramatismo, expresividad y vida al retrato, que al mismo tiempo extraña por su relieve casi escultórico.

Un autorretrato que nos acerca la personalidad creativa y atormentada de su autor, y que destaca dentro del género por su irrepetible e inolvidable singularidad. Es esa mirada que aparece pintada la que ha creado la figura y le ha dado esa vida eléctrica y palpitante.

Y es que todo autorretrato expresa la personalidad del artista que nos invita a mirarlo, pero al mismo tiempo es espejo de nuestra mirada, una mirada con que somos mirados en el acto de mirar.

El texto autoenunciativo tiene tal fuerza sujetiva que nos reduce también a sujetos de mirada, la del pintor que se muestra y la del espectador que es contemplado por el espejo que ha permitido crear el autorretrato.

↓ 07-2007