Fri 17-08-2007 11:10 AM
Un yo que vertebra el texto
Un autorretrato de Anton van Dyck nos muestra la grandielocuencia barroca de este pintor holandés que pasó buena parte de su vida en Inglaterra.
Como es usual en sus retratos, el personaje aparece revestido de sus mejores galas, que resaltan y agrandan su figura, y en una actitud dinámica, un gesto instantáneo, como si tratara de una fotografía.
En sus retratos, el personaje siempre mira fuera del cuadro, y frecuentemente hacia el propio espectador, a quien interpela con su mirada directa. Las manos también aparecen retratadas, y en este caso podemos ver las suyas de largos y finísimos dedos, que le hacían capaz de realizar los grabados más precisos y exquisitos.
La pose se acompaña de un peinado bien elaborado, que muestra una cabellera abundante, pintada con toda exactitud.
La obra parece un homenaje a la capacidad de representación figurativa en su máximo esplendor, de ahí el aspecto casi tactil con que aparece su indumentaria de seda.
El fondo, sin embargo es neutro, y evoca el lienzo sobre el que tan a menudo trabaja el artista, entonado con el azul oscuro de su vestimenta.
Sobre ese fondo de colores profundos destaca el rostro iluminado, donde se puede apreciar la tersura de la piel blanca, la carnosidad de los labios, la nariz recta y pronunciada, aunque bien proporcionada, las finas cejas, la mirada directa y esforzada, del que sabe ver y descubrir los detalles más sutiles. Su rostro tiene ciertas calidades femeninas, dentro de su masculinidad.
Es el autorretrato del artista en su máximo esplendor, en una etapa de su breve existencia llena de exaltación y vitalidad. Un retrato que no se cansa el espectador de mirar, y que siempre dice algo nuevo en cada mirada.
Y es que la mirada es infinita en su capacidad de descubrimiento, y esa capacidad para descubrir permite a las manos del artista representar el inagotable mundo de las apariencias.
El yo triunfante se muestra a sí mismo en la plenitud de sus capacidades, dueño de su poder y seguro de sus cualidades.
Es un yo que vertebra completamente el texto pictórico y nos permite recrearnos en él sin medida.
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