Thu 16-08-2007 01:05 PM
La mirada con que somos mirados
Este es uno de los autorretratos más célebres de Van Gogh. Sorprende en él la expresión profunda y un tanto ausente del artista, y la técnica empleada para producir la figura, la gama de colores y el estilo puntillista.
El cuerpo del artista está integrado en la atmósfera de su entorno, delineados ambos a bases de puntos y trazos de colores vivos, que se disponen de forma concéntrica en torno a la figura, creando un espacio envolvente.
En la gama de colores predomina el amarillo, el rojo y el negro, sobre un fondo verde, el mismo verde de los ojos, que se abren a la mirada como un vacío interior.
Todo ello le da dramatismo, expresividad y vida al retrato, que al mismo tiempo extraña por su relieve casi escultórico.
Un autorretrato que nos acerca la personalidad creativa y atormentada de su autor, y que destaca dentro del género por su irrepetible e inolvidable singularidad. Es esa mirada que aparece pintada la que ha creado la figura y le ha dado esa vida eléctrica y palpitante.
Y es que todo autorretrato expresa la personalidad del artista que nos invita a mirarlo, pero al mismo tiempo es espejo de nuestra mirada, una mirada con que somos mirados en el acto de mirar.
El texto autoenunciativo tiene tal fuerza sujetiva que nos reduce también a sujetos de mirada, la del pintor que se muestra y la del espectador que es contemplado por el espejo que ha permitido crear el autorretrato.
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