Thu 31-01-2019 01:40 PM
UNA HISTORIA PARA PENSAR LA VIDA

Muriel Barbery
La elegancia del erizo
Volver a
leer esta novela, publicada en 2007, resulta hoy una delicia tal vez mayor que
la que supuso leerla en el momento en que fue un extraordinario éxito literario
en Francia y fuera de ella. Pues, en este caso, el tiempo añade perspectiva a
la historia y dota al cuadro de una pátina de nostalgia.
El recurso
literario de presentar una sociedad y un mundo a través de los habitantes de un
inmueble de París ya había sido ensayado por George Perec en La vida. Instrucciones de uso, pero no
deja de ser agradecido en la forma en que lo vuelve a utilizar su autora, Muriel
Barbery, profesora de filosofía, en este caso.
Si bien la
novela de Perec era una novela río, de varias generaciones de habitantes de un
inmueble situado en una calle inexistente de París, esta novela sitúa la
peripecia en una calle real, el número 7 de la rue Grenelle, cerca de
donde vivió, en una etapa de su vida, el propio Georges Perec.
En este caso
la novela se construye a través de las voces narrativas de sus dos
protagonistas principales, la portera de un edificio de la alta burguesía
ilustre y supuestamente ilustrada, Renée, y la hija de una de las familias de
la casa, Paloma, una jovencita de 12 años, de una inteligencia excepcional y
una capacidad crítica ilimitada. Esta ha tomado la decisión de suicidarse el
día que cumpla 13 años, pues ha descubierto el absurdo de la vida y del mundo
en el que ha nacido, desprecia a su familia por su banalidad flagrante y
pretende también incendiar el piso de 400 metros cuadrados, atestado de cuadros,
muebles y libros, donde viven como unos privilegiados, en el momento en que
todos se encuentren fuera de él.
Por otra
parte, la portera es una persona todavía más sorprendente, lleva 27 años
ejerciendo su oficio y el rol que la sociedad le ha otorgado, de sumisión a la
variada clase de los habitantes del inmueble, finge ser una portera al uso,
pero detrás de esa apariencia se esconde una persona de una amplia cultura
filosófica, musical y artística que ha adquirido de forma autodidacta, a pesar de que sus orígenes sociales no le dieron la oportunidad de obtenerla, y que
esconde a las miradas de los habitantes del inmueble a los que saberlo les resultaría
insoportable para su clasismo.
Pero Paloma
es la única persona que va descubriendo en Renée, la portera, (nótese que tiene
el mismo nombre que Descartes) su verdadera identidad, apoyada más adelante por
la llegada de un nuevo inquilino, un rico y culto comerciante japonés, ya
jubilado, que también empieza a adivinar y a descubrir la verdadera
personalidad de la portera, a quien invita a su casa a tomar el té, después la invita a cenar y con la
que va surgiendo un idilio amoroso, que convierte esta obra en novela de
amor.
Sin embargo,
en toda ella hay un presagio de tragedia, que todos los lectores atribuirán,
sin duda, al propósito de Paloma de suicidarse, pero que por las inescrutables
designios del destino, y de la literatura, acaba cambiando su dirección hacia la
portera, que es atropellada por un automóvil en plena calle, en el momento en
que se dispone a socorrer a un indigente (de nuevo el proletariado es sacrificado por la burguesía). Esta muerte accidental es otro eco
más de la memoria reciente de la cultura francesa, pues nos recuerda la muerte
de Roland Barthes de forma parecida y trágica.
La vida de
Renée se ve truncada en el momento más maravilloso de su vida, cuando había
descubierto el amor y lo insustancial de las diferencias de clase. Este hecho
que convierte la comedia en tragedia y da una veladura triste a una historia
muy divertida y amena, es narrado también en primera persona por la propia
víctima, que cuenta cómo vive su muerte y los pensamientos que atraviesan su
mente en los últimos instantes de consciencia.
En
definitiva, la obra es un continuo divertimento para el lector y una acerva
crítica para determinado sector de la burguesía francesa, utilizando
precisamente los mismos elementos culturales y filosóficos de su tradición
cultural, pero aplicándoselos a algunos de sus representantes.
La muerte de
la portera filósofa libra a Paloma de ejecutar su plan suicida y victimario, y
aprende de esta forma que la vida, a pesar de todo, merece la pena ser vivida,
pues ¿quién sabe?
El título de la obra, La elegancia del erizo, es justificado dentro de ella como metáfora de la soledad que sabe protegerse a sí misma para vivir una vida plena y oculta a las miradas desatentas o indiscretas.
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