Mon 02-07-2012 09:20 AM
Opera prima al final del camino
José Saramago, Claraboya, Barcelona, 2012
La lectura de los inéditos póstumos cobra un sentido diferente al que hubieran tenido de haberse podido leer en su momento. Ahora son una alargada sombra que se proyecta desde un árbol ya inexistente, pero que trazan el primer paso en un camino que parecía haber comenzado más tarde o de otro manera. Sobre todo cuando no son textos de aprendizaje, sino óperas primas inéditas en su momento, debido a la opacidad de un autor novel.
Aquí encontramos ya a un novelista completo, que sabe enmarcar personajes en un contexto familiar y social y mostrar sus limitaciones y frustraciones en un medio sin horizontes ni esperanza, más allá de la supervivencia cotidiana.
Es una novela inscrita en el realismo social portugués, de su momento, que nos puede recordar otras novelas semejantes del realismo español de los años cincuenta. Donde, debido a la censura de dictaduras homólogas, no se podía decir todo ni hablar con transparencia.
Como en el drama de Buero Vallejo, El Tragaluz, la Claraboya es la esperanza que podría iluminar una existencia estrecha. La luz que brinda no es la del amor o la comprensión, pero sí la de la lucidez que explica los conflictos en que se debaten los personajes.
Saramago era ya un novelista entero, en espera de que se abriera ante sus ojos la luz de la publicación editorial, algo que no consiguió para esta novela aunque ahora se ha visto iluminada por los destellos creativos de toda su obra posterior. Al final se abrió la claraboya para su ópera prima.
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