Tue 13-09-2011 02:47 PM
Ensayo sobre la ficción
Umberto Eco, Confesiones de un joven novelista, Barcelona, Lumen, 2011
En un tono desenfadado, irónico y a veces humorístico, cuenta U. Eco la manera en que ha abordado contar historias a lo largo de su vida, haciendo un parangón entre los llamados textos creativos y textos ensayísticos. Al mismo tiempo, hace revelaciones de la manera en que construye sus novelas, imaginando primero un mundo con todos sus detalles, dibujando personajes, maquetas de edificios o de barcos, haciendo recorridos por el espacio en que transcurre la acción, y así durante años diseña el mundo narrativo que le permite contar las peripecias que ocurren en él y le resulta fácil narrar, pues cuando el tema se domina las palabras acuden. Por otra parte, consulta documentos y utiliza todos sus conocimientos enciclopédicos sobre una época determinada, lo que le permite construir un mundo perfectamente verosímil. Sus conocimientos narratológicos le ayudan también a situar al lector, respetar sus hazañas interpretativas, y distanciarse de ellas, y no caer en la tentación de convertirse en el intérprete autorizado de su propia novela, aunque haga algunas declaraciones indiscretas, no todo lo revela sobre su forma de escribir. Pero también advierte que la interpretación tiene su leyes y sus referentes, la coherencia del propio texto, que se ajustan de acuerdo con la hipótesis de un lector modelo que se hace una idea de un autor modelo. Usar el texto o hacer lecturas descabelladas no ayuda a entenderlo, pero tampoco puede ser prohibido, ya que la novela circula por el mundo como un mensaje metido en una botella. Eco es consciente que todo sistema de significación permite decir la verdad, pero también mentir, y que la ficción es el arte del engaño según las reglas de una cierta verosimilitud. Confiesa que escribe novelas precisamente porque en ellas puede ejercer el arte de la mentira, para decir, de otro modo, verdades que no están basadas en las apariencias. Una de las ilusiones más sólidas de una novela es la figura del personaje relevante, que los lectores ingenuos convierten en persona real de la que quieren saber más de lo que el texto autoriza. Igualmente el mundo narrativo se tiende a prolongar sobre el mundo real, convirtiéndose en una geografía superpuesta al mundo real. Pero los mundos de ficción son estados de cosas incompletos que parasitan al mundo real. Los personajes de ficción y sus mundos se convierten en objetos semióticos, en realidades culturales, que se mantienen inalterables, como agentes de sus acciones, como tales tienen un poder ético y estético indudable. Toda novela parte de las listas de su autor, los textos que ha leído, los museos, ciudades, cuadros o sinfonías que ha frecuentado, las películas u obras de teatro que ha visto, los tebeos que le han deleitado. Son las listas del autor, las listas que habiendo sido sus objetos de placer acaban convirtiéndose en los textos de sus obras. Cabría preguntarse por último qué hay en una novela que no pertenezca a las listas previas, algo que sea privativo del propio autor como individuo o de su imaginación creadora o recradora. Pero esta pregunta, que no se hace Eco, la dejaremos para que la responda en un próximo ensayo de metaficción.
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