TEXTOS | Textos testimoniales

Weblog de Manuel Cerezo Arriaza

Tue 30-08-2011 03:48 PM

Textos testimoniales

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La prosa limpia, sencilla, austera, de Primo Levi es el mejor modo de usar la lengua para dar cuenta de lo vivido en los campos de exterminio durante la época del nazismo. Primo Levi era un científico, un químico, que de no haber sido por su experiencia de judio deportado a Auscwhitz no habría escrito nunca, como él confiesa.   

Sus obras dan cuenta del proceso de degradación de la condición humana a que eran sometidos los prisioneros, sus condiciones de vida extremas y la certeza de que allí solo se salía por la chimenea. El afán de supervivencia del hombre acaba haciendo que sus instintos predominen por encima de toda consideración y volvamos a estadios primitivos de existencia.

Para los escasos superviventes retornar a su condición humana, superar la vergüenza a que habían sido sometidos, resultaba un reto no menor que el de la propia supervivencia. Después de los campos de trabajo llegó la odisea de los campos de refugiados, la enfermedad y el lento y penoso camino de vuelta hacia el sur, a veces en calidad de mendigos viadantes. A la volver a casa, después de 36 días de viaje nadie lo esperaba y les costó trabajo reconocerlo.  

Pero tras la liberación quedan los sueños en los que dentro de un sueño apacible todo se desmorana y se retorna inexorablemente a la pesadilla vivida, que permanece en la memoria como si todo lo demás hubiera sido una fantasía.

Para los supervivientes afortunados hay, además, una obligación moral, impedir el olvido o la ignorancia de lo ocurrido, mantener el testimonio, a expensas del afán de ocultación que los propios alemanes empezaron a tejer en los últimos meses del nazismo, destruyendo los hornos crematorios y los archivos de los prisioneros.

Este necesidad y obligación de mantener el recuerdo y la verdad de los hechos es, en cambio, un nuevo dolor para los propios supervivientes, cuya vida está marcada para siempre por tan siniestra experiencia.

Lo más sorprendente de todo esto, como reconoce Primo Levi, es que sus guardianes sádicos estaban hechos de la misma pasta que todos los seres humanos, no eran peores, pero sí habían sido deseducados por un sistema perverso y que el país había aceptado por ceguera, por orgullo o por conveniencia someterse a un orden fanático. Lo más terrible de todo es que ninguno estamos a salvo de ser víctimas ni verdugos y que solo la lucidez y la vigilancia crítica nos pueden librar de ello.   

De todo ello nos redime la serenidad de su prosa, que no se perturba nunca por el calibre de los acontecimientos, discurre siempre humilde y objetiva, anotando las circunstancias con rigor y haciendo reflexiones objetivas, como las de un químico que describe en su cuaderno el proceso y los resultados de las reacciones experimentadas. Y es que solo la comprensión puede transmutar todo dolor.

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