Tue 07-06-2011 09:58 AM
Retrato renacentista
Leonardo da Vinci, La dama del armiño, Palacio Real de Madrid, "Polonia, tesoros y colecciones artísticas (3 de junio 4 septiembre 2011)
Uno de los pocos retratos de mujer conservados de Leonardo da Vinci. Como podemos apreciar este género pictórico ha alcanzado plenamente su madurez en la obra del artista, como representación de una persona individual y concreta, con su propia psicología, fuera de la amplia imaginería de figuras religiosas medievales.
La obra, un cuadro de proporciones ajustadas al tamaño de la modelo, desarrolla el retrato de una joven, históricamente identificada, que tiene 17 años. A pesar de todos los efectos de la composición y de la postura girada hacia la izquierda, tal vez para mostrarnos su mejor perfil, lo que sobresale ante todo es la exquisita sutileza de la imagen, pintada al óleo sobre tabla, y la mirada intensa, viva, profunda y confiada en sí misma. Podríamos decir que es la actitud de una mujer plenamente consciente y segura de su belleza.
En el cuadro, la presencia del armiño, sostenido por su mano izquierda y cuya mano derecha casi acaricia, mostrando a la vez su textura refinada y llena de ternura, es lo que le da a la obra un efecto de sorpresa y lo que subyuga al espectador, que ha visto ya muchas madonnas sosteniendo a infantes, pero muy pocos o ningún retrato de una mujer con un animal en sus brazos.
Ahora no, ahora es un animal blanco, que mira en la misma dirección y con la misma intensidad que su dueña. Un animal noble y extraño, de facciones agresivas y pezuñas, que muestran la imagen de un poder con una fiereza contenida.
Es como si la mujer presa del dragón, tan frecuente en la iconografía bajomedieval, se hubiera transfigurado ahora en este cuadro, en el que la dama ha conseguido domesticar y amansar la agresividad animal.
Pero es también el retrato de una beldad, que viste a la moda de la asristocracia renacentista de los ricos y poderosos señores adinerados, y cuyas cejas y pestañas están afeitadas, subrayando así la limpieza y lozanía del rostro, cuyo cabello está recogido con un velo transparente que lo aplasta sobre el craneo y da a la cabeza un relieve rotundo.
La blanca tez, el alto cuello iluminado, quedan subrayados por el collar de color azabache, acusando más el contraste entre la blancura y el negro. Es el mismo efecto que consigue la fina cinta negra que ciñe la frente, acortando la longitud de un rostro alargado, con una fina nariz aguileña.
La inmovibilidad de la figura humana cobra dinamismo por la postura del armiño que suponemos moviéndose a cada poco sobre el pecho de la joven dama, mientras su mano lo acaricia y lo aquieta.
Hay una cierta tensión en la figura del cuerpo, algo forzada y hierática, pero esa tensión se descarga con la presencia real y a la vez simbólica del animal.
Los animales de la heráldica han pasado a ser ahora animales domesticados por unas costumbres exquisitas y refinadas, mostrando que el ser humano es el centro natural y armonioso de la creación. La medida de todas las cosas.
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