TEXTOS | Relatos de amor y desamor

Weblog de Manuel Cerezo Arriaza

Tue 26-04-2011 01:25 PM

Relatos de amor y desamor

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Javier Marías, Los enamoramientos, Madrid, Alfaguara, 2011

Esta es una doble historia, una historia de un primer amor feliz, en el que acaba siendo excluido uno de los personajes, para dar paso a un segundo amor, que el primero hacía imposible. Las historias de amor, desde Edipo, son historias de una exclusión, voluntaria o forzada, azarosa o perpetrada. Dos personajes son excluidos para que otros dos puedan desarrollar su amor, queda la duda sobre la licitud del procedimiento de exclusión.

Pero eso pertenece al tema de la novela, a partir del cual discurre un relato mucho más amplio, a cargo de la narradora y protagonista de uno de esos triángulos amorosos, y finalmente excluida, que reflexiona, calibra, sopesa, observa y califica las acciones y palabras de los demás. Todo ello en el contexto de nuestra sociedad actual y sus lacras morales.

La obra se ve sazonada por citas literarias explícitas de tres grandes autores: Shakespeare, Balzac y Dumas, que a través de historias inventadas cuentan verdades psicológicas, que son las que importan, historias en las que el amor es elección y exclusión más o menos culpable, como en el mito de Edipo. Javier Marías ha podido, ha querido o ha aprendido a contar una historia con mayor economía de discurso y más concesiones al lector o lectora, semántico e impaciente, de nuestros días. Pero no deja de ser el reflexivo y meticuloso escritor que se debate en una perpetua duda hamletiana. El autor que gusta a su público, al que ha dado una nueva oportunidad de fruición literaria.

La obra está divida en cuatro partes, articuladas en capítulos sin numerar. Todo el texto dimana de la voz de una narradora, testigo presencial, que se va involucrando con los personajes a los que no conocía nada más que de vista y con los que acaba relacionándose de forma directa, para descubrir así el móvil del asesinato, pedido o perpetrado, de Miguel Desvern, cuya mujer queda viuda y a merced del mejor amigo de la familia, Javier Díaz-Varela, que la cuida, la atiende y trata de ganar su amor.

La novela comienza, como tantas otras de su autor, con el relato de una muerte, un crimen que se comete en un aparcamiento de automóviles, donde es acuchillado varias veces Miguel Desvern, por un aparcachoques, sin motivo aparente para hacerlo, salvo su supuesto desequilibrio mental.

Los primeros capítulo están dedicados a la descripción minuciosa del matrimonio formado por Luisa Alday, profesora de universidad, y Miguel Desvern, un empresario de unos cincuenta años. Esta es la pareja que María Dolz se encontraba todos los días en la cafetería donde desayunaba antes de entrar en la editorial. Ver a una pareja tan armoniosa y feliz le daba ánimos para afrontar la larga jornada. Pero un día dejaron de venir y varias semanas después una compañera del trabajo le informa de que el marido ha sido asesinado en un aparcamiento. Entonces busca información en Internet y se entera de la violenta muerte de este hombre. Cuando después del verano la viuda acude a la cafetería, María se acerca a ella para expresarle su condolencia y traban conversación. Luisa invita a su casa a María, allí le cuenta sus impresiones tras la muerte de su esposo y aparecen dos personas, Francisco Rico, ocurrente y fatuo, y Javier Díaz-Varela, el amigo de la familia, que trata con gran deferencia a Luisa. La narradora en algunos capítulos fantasea a partir de esta visita conversaciones entre Javier y Luisa, según la idea que se había formado de ellos.

En la segunda parte, cuenta como se enamoró de Javier, al que encontró tiempo después en la calle. En sus conversaciones hablaban a menudo de la muerte y de sus causas y consecuencias. Llegan a hacerse amantes, pero Díaz-Varela le advierte que no es la única ni puede esperar exclusividad, le confiesa que está esperando que Luisa olvide a su marido y se fije en él, para poder unirse a ella. Sostienen largas conversaciones en las que sale a colación una novela de Balzac, El coronel Chabert, que fue dado por muerto en una batalla y reaparece años después, ya curado de una terrible herida en la cabeza, causando la incomodidad de los que lo creían muerto, especialmente de su mujer, que se había casado con otro, y quien niega que sea él y lo quiere enterrar por segunda vez. María Dolz fantasea a veces con que si desapareciera Luisa ella podría ocupar su lugar en el corazcón de Díaz-Varela, y se sorprende deseando su muerte. Un día, estando en casa de su amante, llega Ruibérriz de Torres con el que Díaz-Varela tiene una conversación que María escucha a escondidas, hablan del peligro que corren, pues el gorrilla está empezando a hablar. Entonces descubre que la muerte de Desvern había sido inducida por Ruibérriz, a petición de Díaz-Varela. María esconde que ha oído la conversación, pero este sospecha que la haya escuchado. Ahora se siente temerosa y amenazada, y empieza a odiar al que antes había amado.  

En la tercera parte, hay un distanciamiento entre María y Díaz-Varela. María se preguntaba si debía advertirle a Luisa de la influencia que este había tenido en la muerte de su marido. Javier llama a María para quedar con ella, y mientras lo espera recuerda la novela de Dumas, Los tres mosqueteros, que su padre, que también había estudiado en un colegio francés, como Díaz-Varela, le contaba. En ella Athos cuenta a d`Artagnan su propia historia, como si se la atribuyera a un aristócrata, como se había enamorado de una jovencita de dieciséis años, bella “como los enamoramientos”. Un día van de cacería y ella cae del caballo, entonces él va a auxiliarla y con una daga rompe el vestido que la asfixiaba, viendo que tenía grabado en su hombro, con fuego, la flor de lis, la marca que le ponían a las prostitutas o a los ladrones. Entonces Athos la colgó de un árbol. Ella piensa que podría hacer lo mismo con Díaz-Varela, mientras lo espera, denunciarlo a la policía, contarle lo que sabe a Luisa. En la larga conversación que mantienen ella confiesa que oyó lo que hablaban. Él, para justificar el asesinato, le confiesa que Miguel le había pedido que le procurara una muerte rápida, pues estaba aquejado de un cáncer en los ojos que le iba a causar en poco tiempo una muerte terrible. Ella no lo cree y le pregunta por qué no se suicidó.

En la cuarta parte, se le pasa por la cabeza a María averiguar la veracidad de la explicación que le había dado Díaz-Varela, pero no lo hace. De vez en cuando aparece una cita de Shakespeare, aspecto este inevitable en toda obra de Javier Marías, lo que dijo Macbeth al enterarse de la muerte de su mujer “there would have been a time for such a word”. A María se le va pasando la impresión que le ha causado todo esto y la parece semejante a lo que ocurre en la novela de Balzac de la que le hablaba Díaz-Valera, o la de Dumas.

Un día Ruibérriz va al encuentro de María y la quiere invitar a bailar, mantienen una conversación y ella le informa de lo que sabe. Hablando con él se entera de que Ruibérriz había matado a una persona en México, hace tiempo, para defender a Elvis Presley, según le dice.

Ella va olvidando el asunto, conoce a otro hombre. Un día que estaba cenando en un restaurante ve a Díaz-Varela con Luisa, ya se habían casado y parecían felices. Piensa que está en sus manos arruinar ese matrimonio. Se acerca a ellos y él la mira con pavor, mientras que ella la reconoce como la llamaban cuando vivía su marido: “La joven prudente”. Entonces entiende que no puede pertubar la nueva paz de Luisa y decide retirarse, elaborando en su mente un monólogo interior con que acaba la obra. 

Como ocurre en tantas novelas de Javier Marías, la peripecia en sí misma es breve y se podría contar rápidamente, la mayor extensión del discurso no está consagrada a contar la historia, sino a suponer, sospechar, sopesar, entrever, valorar, reflexionar y hacer toda clase de consideraciones sobre la conciencia y la conducta humana, que entran todas en el discurso interior del narrador, o en este caso narradora. No son tanto los hechos mismos los que hacen relevante la novela, sino las consideracione que sobre los hechos se realizan, alargando un relato que de otra forma hubiera sido mucho más breve. Esta morosidad puede resultar irritante a un lector apresurado, pero para el lector modelo de sus obras constituye uno de los mayores deleites, ya que los hechos son siempre decepcionantes y lo que salva la vida es la capacidad de apreciar el sentido y la intención de las acciones humanas, su valor moral, la ética que preside los actos, lo que la conciencia aprecia detrás del escenario.

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