Mon 18-04-2011 06:45 PM
Deconstrucción, in memoriam
Jacques Derrida ha elevado la filosofía a la categoría de género literario, la ha situado dentro de la literatura fantástica, el lugar que esta merece como discurso metafísico. Por negar la diferencia entre realidad y ficción fue postergado por algunas instituciones académicas. Colocado junto a un Borges deslumbrado por la visión de los esplendores, constituye la otra cara de la literatura en la que el libro suplanta a la realidad y la acoge dentro de él.
El libro, el texto escrito, es también la mente como producto de ella, y por tanto nos permite reconocer que son las operaciones mentales las que otorgan al mundo su sentido.
El texto es una construcción de pensamiento y lenguaje, donde ambos están inseparablemente unidos y proyectan un mundo posible. Deconstruir la relación entre pensamiento y lenguaje, de un lado, y entre lenguaje y realidad, de otro, es descentrar la solución clásica que otorga primacía a la realidad, en la que se instala el lenguaje y finalmente el pensamiento.
Invirtiendo la relación, colocando en el centro lo descentrado, quizás entendamos mejor lo que se nos niega, el entendimiento como factor generador de todo lo demás. Como en la deconstrucción de la sensación de dolor que provoca un pinchazo, realizada por Nietzsche, no es este el que desencadena el proceso, sino la percepción misma convertida en causa que nos indica qué es lo que ocurre: "un alfiler ha atresado nuestra piel", con lo cual el efecto se convierte en causa de su reconocimiento.
Y así, Derrida es, ha sido, sigue siendo, esa conciencia del alfilerazo que ha sufrido la filosofía en el siglo XX, conmovida ya no tanto por la realidad como por la advertencia de que es el discurso, el texto escrito, el motor de todo el proceso de pensamiento y el lugar de existencia para la reflexión y el sentido.
Como en el relato de Borges, "El jardín de los senderos que se bifurcan", la vida de Derrida ha tomado otra dirección y se ha internado ya en la novela china donde estaba escrita desde siempre, ahora que él la ha podido leer/escribir completamente.
Nos ha dejado a nosotros en un página distinta, en nuestro capítulo que sigue un decurso escriturario en el que cada día somos autores y a la vez lectores, para finalmente dejar nuestro volumen en el anaquel de las novedades. "No dejará de haber una cita de sus textos en el nuestro, ni su novela sería menos leída ahora que ha acabado, que se ha deconstruido como discurso, pero no como recurso. De nuevo ha pasado el ángel de la diferancia".
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