TEXTOS | El relato épico

Weblog de Manuel Cerezo Arriaza

Thu 20-01-2011 05:42 PM

El relato épico

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Ramón Gonzalo Rodríguez Gómez, Piel de barro, Granada, Ediciones Osuna, 1998, 229 págs. 

La novela de una reivindicación colectiva ante el sentimiento de iniquidad vivido por el pueblo que siente que le arrebatan lo que tenían, precisamente las autoridades a las que habían elegido. Guiados por unos líderes reivindicativos y exaltados, que consiguen la adhesión de los grupos más marginales y radicales de la población, realizan una huelga general y levantan barricadas, pero ellos mismos se van recluyendo, la falta de suministros hace estragos y comprueban que su resistencia no tiene salida. Por otra parte, se producen afrentas al obispo, que es golpeado, y violaciones. Esto lleva a las fuerzas del orden a sentirse autorizadas a atacar con sus medios disuasores, botes y pelotas de goma, se produce una batalla campal de avances y retrocesos, piedras e intercambio de proyectiles. Los rebeldes se sienten incapaces de resistir y la policía no se ensaña, ambos contendientes renuncian a la lucha y reconocen el lado humano de cada parte. La población torna a sus casas sintiendo que no han conseguido lo que pretendían pero al menos han dado muestras de su arrojo. En medio de esta historia colectiva, asoman las figuras de los líderes y de algunos habitantes de la ciudad, entre ellos destaca la personalidad del Toscano, que había vuelto al pueblo desde Amberes, a donde emigró, con una belleza nórdica, Margaret, que es violada por los sublevados causando en este el odio y el desprecio a sus paisanos. Ángel Custodio siempre solícito para ayudar a los demás y que acude tarde a los acontecimientos. Cato el de la Valera, caudillo de la rebelión, que siente un resentimiento contra los poderosos y un desprecio hacia el pueblo, arraigado desde su pasado de legionario. El Quinquillero que muestra de nuevo en esta ocasión su falta de escrúpulos. El alcalde, servil a su partido y sin coraje para defender al pueblo. Las hermanas Rona que hacen el papel de pitonisas. El obispo incapaz de conectar con sus feligreses y sumido en la rutina de sus oficios. Cato Paulo que ve la revuelta desde una perspectiva lejana y que no consigue apaciguar los ánimos. La Antonia y su amiga la Catalana, mujeres con valor, capaces de ir más lejos que los hombres. Los pastores, compasivos y dispuestos a defender su honor. Pura la Razona, vieja desdentada que representa el espíritu revolucionario del pueblo. Un narrador omnisciente nos va trasladando a los distintos ambientes y presentando aspectos biográficos de una serie de personajes representativos de los diversos estratos sociales. Todo ello alcanza tonos épicos y líricos en muchas ocasiones, cuando no esperpénticos.

“Desde lo más alto de la catedral, el Cristo, atónico, divisaba el movimiento geométrico de los batallones de antidisturbios que se organizaban alrededor de las entradas de la ciudad, y cómo contrastaba con el de las masas populares bullendo nerviosos por todos lados de acá para allá. Éstos, después de andar un rato, se paraban sin causa aparente y se formaban corros inmensos sin saber nadie a qué causa obedecían, para volver a deshacerse al instante”.  (pág. 185)

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