TEXTOS | El rostro del texto

Weblog de Manuel Cerezo Arriaza

Fri 10-10-2008 07:43 PM

El rostro del texto

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Javier Marías, autor de diez novelas, la última de las cuales, Tu rostro mañana (2007), es la más extensa, una morosa obra narrativa de corto desarrollo y dilatato relato, que se despliega en 1600 páginas, distribuidas en tres volúmenes.

En su reciente conferencia sobre "La paulatina pérdida de la irresponsabilidad", dada en la Fundación Juan March, descifra algunas de las claves de su manera de escribir y de concebir la historia, por parte del que la va adivinando conforme la escribe. Se trata de un escritor que escribe con brújula, pero sin mapa, y por tanto su camino se va haciendo conforme plasma el relato, y pecha con lo escrito, sin modificarlo.

Después de sus primeras novelas emulativas, y del aprendizaje de la escritura mediante la traducción, en la que adquiere algo impagable, las tonalidades del autor traducido, su propia "voz" se decanta en Todas las almas, a partir de la cual desarrolla un estilo propio e inconfundible.

En este estilo lo vivido se hace ficción, a voluntad del creador, por el hecho de aparecer bajo el rótulo de una novela, y la historia se interpola de continuas divagaciones, dilaciones, reflexiones y retornos al hilo argumentar interrumpido, que así se adelgaza y se enmaraña en la prosa calmosa, minuciosa y reflexiva, en un acto de consciente auto-escritura.

El modelo máximo de esta voz y de este estilo, la del citado escritor con brújula y sin mapas, lo encontramos en su última novela, un trabajo de ocho años, que ha dado a la literatura española la que podemos considerar, sin mucho temor a equivocarnos, como la novela más extensa y voluminosa escrita en nuestra lengua.

Es una obra que bajo esa supuesta capacidad de adivinación que el personaje tiene sobre el desarrollo futuro del rostro de la gente, su desenvolvimiento humano e íntimo, intuido con una certeza no siempre agradable, se nos va mostrando otro rostro, el del texto, el rostro de la escritura narrativa, que surge ante nosotros lentamente, con dificultad, con esfuerzo, con voluntad, queriendo contar una historia que se escurre a cada instante envuelta en consideraciones de todo tipo, en las que podemos asistir a un consciente tejer y entretejer de la escritura, como si el narrador más que contar la historia lo que hiciese fuera enhebrar una y otra vez la aguja, como el que sabe que tiene que tejer un tapiz ante el cual siente una terrible pereza.

Los lectores siguen este decurso más por incredulidad ante tal manera de contar que por curiosidad de saber un argumento que podía haberse contando con la décima parte del texto. A cada paso constatamos que lo que vemos es cierto, que un autor se atreve a escribir de esa desaforada manera, y que a pesar de ello no abandonamos la historia, pese al cansancio o a la gana de hacerlo, enganchados por no se sabe qué sortilegio textual.

Y lo que ve verdad queremos es tal vez, al leer la obra, abarcar el rostro de este texto, que no logramos dominar ni adivinar del todo, sabiendo además que el autor tampoco lo sabe mientras escribe, y ambos continuamos el decurso del texto para ver si uno y otro sabemos acertar con un final que complete el rostro de la obra, y que este no sea disparatado, trivial, previsible, imposible o adivinado. Mientras eso ocurre más vale seguir escribiendo y leyendo, para ver si hay algún azar que nos permita acabar la obra y abarcarla, a posteriori, como un todo y qué todo sea ese.

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