Sat 29-07-2006 07:40 PM
COMENTARIO GESTUAL
En el año de Rembrandt son muchas las personas que se están acercando a exposiciones y museos para contemplar sus cuadros. Gran parte de su obra versa sobre retratos de personas de su época, también Rembrandt es uno de los pintores que más autorretratos han producido.
Este autorretrato del joven Rembrandt contrasta con otros de su madurez y vejez, sin embargo presenta las características esenciales del estilo que preside su obra.
Los visitantes del museo contemplan este tondo que recoge uno de los mejores autorretratos del artista. La severidad de negro marco permite valorar mejor las luces que contiene la obra.
Su iluminación es lateral, desde el lado izquierdo se proyecta una luz de interior, que deja caer una sombra en la parte inferior derecha. Es una luz intesa y dorada, de acuerdo con las preferencias del pintor presentes en la mayoría de sus obras.
En este autorretrato destaca ante todo la naturalidad del rostro, su humana frescura, la mirada algo cándida e ingenua del joven, que se dirige de forma directa e intensa hacia los espectadores de la obra, que se sienten apelados. ¿Quién mira a quién? Miramos o somos mirados por el cuadro.
El fondo es neutro y monocromo no contiene objeto alguno, permite de esta manera destacar la figura del personaje, su sobria indumentaria de burgués. La gorra asimétrica y algo terciada realza la cabeza. Como casi siempre las cabezas masculinas que retrata Rembrandt gozan de un obstensible tocado.
Esta gorra hace de visera y oculta de la luz directa los ojos, donde reside la expresión del autorretrato, mientras que el resto del rostro queda iluminado intensamente en su lado derecho, el izquierdo permance en la sombra.
Su mandíbula ya algo voluminosa, su boca pequeña de gruesos labios queda realzada por el bigote de puntas finas, al que le hacen coro el largo cabello de amplios rizos, y el pelo de la piel de su abrigo.
Los cuadros de Rembrandt destacan por las abultadas y abundantes vestiduras de los personajes, en este caso estas vestiduras de calle resaltan la cara y hacen juego con el gorro con que adorna su cabeza.
Esa mano del espectador es un gesto elocuente, un verdadero comentario gestual del cuadro que destaca la vida y la esponteneidad de la figura. La iluminación en claro oscuro de la fotografía prolonga el juego de luces y sombras del interior del cuadro.
Nosotros nos juntamos, desde atrás a ese coro de espectadores y admiradores del genial artista.
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