Wed 19-07-2006 04:24 PM
IMAGEN DEL TEXTO
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Este cuadro de Rembrandt, Cambista, es un magnífico exponente de los intensos contrastes de la iluminación tenebrista. La obra pictórica surge de la luz, de un foco de luz que ilumina todo a su alrededor, dejando en la oscuridad, y por tanto invisible, aquello que el resplandor luminoso no alcanza.
En esta obra se ha dispuesto la iluminación en torno a una vela que centra toda la composición y que oculta la mano del cambista, que sostiene la moneda observada tan atentamente acercándola a la luz de la llama, está apreciando la calidad de su ley mátalica.
Todo alredor se ilumina con el amarillo dorado, sobre todo el rostro del personaje, los libros y objetos que se amontonan alrededor, tratados con un sistema de representación que podríamos considerar una anticipanción del hiperrealismo.
De ello se deriva una valoración del objeto por su visualidad, su valor material, sus propiedades intrínsecas propias de una sociedad mencantil.
Destacan sobre todo los gruesos y pesados libros, forrados algunos de ellos con piel de becerro, y obros desnudos de cubiertas, en los que se puede apreciar las sólidas costuras de la encuadernación. Las monedas de oro y plata, valores monetarios apreciados, yacen sobre la mesa, junto a un simbólico reloj de sol. Los infolios amontonados en desorden culminan el cercano horizonte de la mesa del cambista.
Es un cuadro que invita a recrear la mirada en la rica objetualidad de las cosas, en su potente esplendor material. El rostro del cambista tiene también cierta consistencia de pergamino, sus quevedos proyectan la sombra de la luz cercana, el gorro enmarca el óvalo del rostro y le da mayor relieve.
A la derecha otros libros aparecen sumidos en la oscuridad, pues la mano oculta la iluminación directa, esa luz intensa y dura que tanto subraya el valor de los objetos. El fondo, la parte inferior y superior del cuadro, las oscuras oquedades que se abren entre los objetos cercanos, todo ello crea un circuito de sombras oscuras, tan oscuras como luminosa es la luz directa de la llama.
El formato tan acusadamente vertical del cuadro contrasta con su complacencia horizontal en las cosas mismas, y esa verticalidad queda subrayada por la composición acusadamente piramidal de los elementos que lo forman.
De nuevo en los cuadros de Rembrandt se valora el texto de la escritura, la superficie gráfica impresa o manuscrita, el tacto del grueso y sólido papel, el espesor material de la escritura.
Pocas veces la obra escrita ha estado tan�gozosamente presente en el cuadro pictórico. Como si ambos lenguajes tuviesen un común denominador la obstentación de sus respectivos soportes. La confianza en el libro como objeto cultural es similar a la valoración de la imagen como representación verista de las cosas.
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