Fri 13-05-2005 01:55 PM
HETEROGLOSIA

Este cuadro de Joan Miró Escagot, femme, fleur, toile (1934), nos muestra una configuración espacial en la que distinguimos palabras escritas, las de su título, y figuras creadas según un código figurativo ajeno al realismo fotográfico. En el mismo se valora el color, la figura, la curva, una proporción aleatoria, y sobre todo un horizonte onírico muy del gusto surrealista.
De esta forma se reconfiguran los lenguajes y se integra la palabra y la expresión plástica, en un mismo repertorio de significantes. Los elementos pintados no son analógicos con respecto a sus imaginarios referentes, al igual que los significantes lingüísticos de la escritura no guardan analogía alguna con los significados evocados.
Y así aparece una especie de maya, de tela de araña, constituida por significantes puros, abstraídos de su función referencial o comunicativa, y mostrados en un ejercicio de exaltación de un repertorio formal tan caprichoso o aleatorio, como lo es, sin duda, el repertorio figurativo afín a las configuraciones realistas.
Y como ocurre en los sueños, aprendemos a concebir la realidad de otra manera, a configurarla según cualquier repertorio de formas, a pensar que el mundo y sus objetos son, en el fondo, proyecciones de la mente a través de una serie de lenguajes, de códigos instaurados o que la obra propone.
De esta forma, el mensaje se constituye en no solo la manifestación del código, sino en el creador del código mismo. Y las relaciones paradigmáticas se sitúan en el plano de la contigüidad sintagmática, y unas y otras se hacen alternativas y equivalentes.
Tomamos consciencia de nuestro potencial creativo y no meramente reproductivo y la obra nos invita a desatar los límites impuestos a nuestra imaginación. Ahora ya estamos liberados del lenguaje y del discurso, y somos dueños del código y del mensaje. Esa libertad nos puede dejar en la sensación de una impotencia o en la plenitud de nuestras posibilidades creativas.
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