Mon 01-11-2004 02:39 PM
Lectura
Este cuadro de Vincent van Gogh Entrada al jardín público de Arles (1888) nos muestra un frondoso jardín a cuya puerta hay un hombre parado que lee un periódico. Esta anécdota se diluye en el conjunto de este paisaje tan lleno de vida y energía. La figura de un hombre leyendo, aunque sea en un espacio público, no es algo inusual en nuestra cultura, donde la lectura se ha acabado convirtiendo en lo que M. Proust llamaba "un acto solitario, como el llanto o la voluptuosidad".
Pero, para que esto ocurriera han sido precisas una serie de circunstancias culturales e históricas. La primera, el nacimiento de la imprenta como sistema de reproducción serial de libros y documentos. De esta manera se crea en el siglo XVI y siguientes un mercado de lectores en lenguas vernáculas que leen en la intimidad, de forma callada, toda clase de obras, incluso las obras de ficción, lecturas consideradas "peligrosas" para la moral según las diatribas de los moralistas de entonces.
La figura del lector solitario ensimismado en su texto resultaba bastante subversiva para la mentalidad conservadora del momento, y toda obra de ficción tenía que justificarse a partir de un propósito moral, cuando no mostrar los efectos de anormalidad que provocaba la lectura de obras de ficción, como hace Cervantes con el Quijote, cuya locura sobreviene como consecuencia del uso abusivo de la lectura de los libros de caballerías, ficciones descomunales y disparatadas, maravillosas diríamos hoy.
La lectura solitaria de libros prohibidos adquiere un carácter especialmente morboso y crítico para las instituciones represivas de la época, la Inquisición por ejemplo. La Reforma se propaga en Europa a base de estas lecturas, que costaron la vida a más de un lector. La lectura así entendida se acompañaba de la doctrina del libre albedrío y del libre examen de los textos sagrados.
Por eso, la Ilustración quiere extender el conocimiento del código de la lectura a toda la población y entiende que el libro es el principal vehículo de la emancipación de la conciencia humana. Así surge también la lectura pública de los textos periodísticos, en los que se difunde una nueva mentalidad y se ejerce un control público de la sociedad.
La edad de oro del periodismo, el siglo XIX, confía fervorosamente en el valor emancipador de la prensa periódica, otro producto de la tecnología de la imprenta.
De este modo, la lectura se ha integrado en la conciencia social de forma progresiva y hoy en día las instituciones educativas la tratan de incentivar como un objetivo. No por ello la lectura ha perdido su valor crítico, individualista y emancipador, y sigue siendo uno de los retos actuales del sujeto libre y despierto.
La lectura como sendero sin límites ni fronteras, donde el lector es el cocreador del texto que ha seleccionado y transita. Un texto liberado a la interpretación de cada cual, sobre el que las instituciones críticas y hermenéuticas no dejan de ejercer un cierto control.
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