Sat 23-10-2004 06:52 PM
Retrato

Este Retrato de niña de Velázquez es una de las mejores manifestaciones pictóricas del sentido barroco del retrato. En él, un sujeto individual, perfectamente reconocible y anónimo nos mira intensamente con una mirada profunda y casi inquietante que revela en el espectador multitud de matices emocionales proyectados en el cuadro. En cada momento y de acuerdo con nuestro estado de ánimo veremos una "niña" diferente e interpretaremos en su mira directa y profunda una intención que nos pertenece.
El retato es también un género textual y literario y aparece con mucha frecuencia en la poesía, en el teatro y sobre todo en la novela. Muchos de los retratos de la literatura clásica son más bien estáticos, como los de los cuadros pictóricos, en los que los personajes aparecen inmovilizados en sus rasgos físicos y psicológicos. Pero a lo largo de la obra ese temperamento revestido de carácter pasará por diversas pruebas calificantes y transformará su estatismo inicial en una posición renovada, el personaje se ha alterado, ha sufrido un cambio.
Sin embargo, el retrato como género pictórico muy reciente, de una persona que no aparece reflejada en función de su estatus sino de su singularidad personal y privada, aparece ante todo en la frontalidad de un rostro quieto e inquietante, a través de cuyos rasgos el artista ha hecho un trabajo de investigación psicológica para adivinar detrás de la máscara y de la apariencia superficial de la persona un ser más profundo y permanente, más grandioso y rotundo. Un ser que brilla en el destello de sus pupilas que le dan vida al rostro. Los ojos son en este tipo de retratos la vida de la imagen, ojos muy parecidos pero nunca idénticos. Un rostro que contiene tanto rasgos de simetría como de una asimetría evidente, y nos muestra las dos facetas (externa e interior) de esa persona.
Pero cuando se retrata a un niño o a una niña el artista adivina a través de sus dulces rasgos de infante la personalidad madura que será mañana, la permanencia ontológica de ese individuo inconfundible e irrepetible. Y eso es lo que nos conmueve de este retrato célebre, los rasgos de niña y de ser adulto que contiene, la clarividencia de su mirada que nos hace sentirnos transparentes, sorprendidos en nuestra intimidad. Somos nosotros, los espectadores del cuadro, los mirados, los escrutados, y por más que queramos descifrar el misterio del retrato, lo que haremos será bucear en nuestra propia intimidad. Al final el cuadro es nuestro espejo, y la niña se muestra como una parte de nuestro propio ser. Nos restituye al sentimiento de unidad y de pertenencia.
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