Sun 03-10-2004 09:08 PM
Retrato
En este célebre cuadro de Velázquez Vieja friendo huevos encontramos una versión original del bodegón barroco con personajes, de tal manera que estos cobran el protagonismo principal. La pintura ha conseguido de esta manera dar estatuto de posibilidad al retrato realista y fiel de personas concretas y anónimas que pertenecen al pueblo.
Se ha roto de esta manera la tendencia a reservar el retrato a temas sagrados, o en todo caso hacer de él un género exclusivo de reyes y magnates. No es tampoco un retrato idealizado de personajes, como se hiciera en el mundo clásico. Lo que se celebra de esta manera es el nacimiento de la personalidad individual, valiosa por sí misma, independientemente de de cualquier condición social que la avale.
Un proceso similar al de la pintura ocurre a partir del siglo XVI con la aparición del personaje literario descrito en la obra, independientemente de su condición, como ser inconfundible y singular, en sus defectos o virtudes. La novela picaresca se encarga de proporcionarnos retratos de este tipo, a veces caricaturescos, que introducen en el texto la personalidad irrepetible de alguien que resulta valorado por sí mismo.
El retrato literario aparece desde entonces nutriendo los textos narrativos hasta el punto de que estos se convierten en el centro y principal motivo del contenido de la obra. Sus peripecias, aventuras y desventuras dan sustancia al relato de la novela realista del siglo XIX.
La fuerte impronta visual del personaje de esta tendencia, descrito al principio de la obra, se diluye y se fragmenta en la novela del siglo XX. En esta el personaje irrumpe sin más y es su actuación la que le va dando carácter para el lector. Algunos rasgos aproximativos se trazan, pero no resulta esencial su retrato, como ocurre en las novelas de Unamuno, que nunca describe a sus personajes por menosprecio del valor de lo externo y accidental.
De igual modo, en la pintura más innovadora del siglo XX el retrato se transforma en un esquema, el retrato cubista, se difumina o se diluye en el color o la forma.
La crisis del sujeto celebrada por el estructuralismo se prolonga en la cuestión del estatuto de la persona frente al discurso o al arquetipo social. En estas vacilaciones parece estar gestándose una nueva epifania del ser individual basada en presupuestos menos psicológicos. La historia genética de la especie se inscribe en la estructura de cada individuo, pero también este aporta una huella genética inconfundible. Y es que también desde estos presupuestos cada uno somos irrenunciablemente parecidos y a la vez diferentes, irrepetibles, como ya había puesto de manifiesto la pintura barroca.
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