Tue 24-02-2004 12:33 PM
El texto del lector
Destinatario y reconstructor de la intención del texto, el lector o receptor del discurso comparte la responsabilidad del fenómeno comunicativo de tipo textual con el autor o emisor del mensaje. El texto vincula al autor y al lector como un interfaz, lugar de cita de ambas intenciones, proyecto comunicativo que se hace realidad en el recorrido del texto que hace el lector a través de su superficie lexemática. El texto le sirve al lector como un espejo en el que mirarse, reconocerse, pensarse como ente de discurso y sujeto del proceso comunicativo. A veces hay en el texto marcas explícitas de tipo apelativo que le reclaman hacia el interior del universo textual. Pero también en su ausencia el texto se vuelca hacia el ámbito de la lectura a través de pared abierta hacia el exterior que el texto establece para hacerse accesible en la circulación de los sentidos. Hay una doble responsabilidad formativa en el texto: A -> T <- L. La del autor como agente de la inscripción material de los signos (fónica o gráfica) en la linealidad que enhebra significados y construye un recorrido de lectura aparentemente lineal, pero que en el que hay que hacer referencias anafóricas y catafóricas para ir reconstruyendo la imagen que el texto dibuja en el bordado del tejido semántico. La del lector que se siente convocado a una cooperación con el texto que reclama multitud de operaciones interpretativas, en las que un conjunto de informaciones aportadas por signos doblemente articulados requieren rellenar huecos, activar presuposiciones, realizar correferencias, suponer sentidos que el lector arriesga en cada uno de los momentos de la lectura (inicial, medial y final). Así el lector se apropia del texto, lo recrea, lo acaba de formar en su mente y le permite realizar su proyecto comunicativo. Este proceso no acaba nunca de finalizar en el caso del texto literario, abierto siempre a nuevas lecturas, a muchos lectores, a diferentes épocas y culturas en un proceso nunca acabado de definición e interpretación. El texto literario se escapa siempre a cualquier intento de fijar de una forma definitiva y para siempre lo que propone. Este es uno de los efectos más irreductibles e incalculables de la circulación textual, para la desesperación de críticos e interpretes, pero para el goce de los lectores que no siente esa preocupación limitatoria. Los bosques textuales son siempre insondables y sorprendentes y nos invitan y nos incitan a la aventura de leer, en la que sin duda vamos a salir transformados, cual Simbad que retorna a su puerto, y se sale así de la aventura textual que ha enriquecido su experiencia y su visión del mundo, hasta que nuevo surja en su mente la nostalgia de la aventura sin fin.
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