TEXTOS | El amor como azar en el tiempo

Weblog de Manuel Cerezo Arriaza

Mon 07-03-2011 05:08 PM

El amor como azar en el tiempo

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Pedro López Ávila, El azar de los días, Salobreña, Alhulia, 2011

      El tercer poemario de Pedro López Ávila nace de una profunda conciencia existencial, en la que la duda queda redimida por la imaginación y el sentido de estar siendo en cada instante un sujeto abierto al amor. 

      Es una obra sentida y pensada en sólidas lecturas filosóficas (Heráclito, Heidegger) y poéticas (Rilke, Garcilaso, Quevedo, Lorca) que dejan en ella huella de intertextualidad. En esta consciencia  de la fugacidad y perennidad del instante, está advertido del valor o de la necesidad del silencio, pues “la palabra auténtica / encuentra su sentido en el silencio”.  Pedro López que ha descubierto “la gramática del silencio”, sabe hacer brotar de ella todas las “palabras imposibles” que acallan una certidumbre no deseada, o emprende el reto de lo inefable, en su “intento de nombrar/ emociones sin nombre”.   

      Para López Ávila, la poesía es una resistencia y una rebeldía que desgarra ese silencio para decir sobre el amor y el tiempo. El amor es un azar que sucede en el tiempo, que ocurre en un presente que es inmutable (“A veces, presentía un presente/ inmutable...”) ya que en la experiencia de la vida siempre estamos en presente. Pero ese presente es también fugaz, sujeto a las “horas del azar”, con que se expresa la consciencia de que “el tiempo me presta la vida”, y que el amor puede ser un instante eterno: “Mira el momento que nos mira, /hazlo eterno”. 

      El tiempo del goce ingenuo no conoce límites ni barreras, hasta que no llega la mudanza de los días y las horas, y el amor queda atrás como un trazo, en el “cruce de una pregunta y una respuesta”. Así el tiempo que era presencia sin segundo, se escinde en ayer para ubicar la memoria del amor, dejando un sentimiento de orfandad y desolación. Y el tiempo se aprende a medir “con los números del reloj” y se agradece el aplazamiento de las horas. 

      Entonces aparece la duda, ante la pérdida de la plenitud, del ideal, y esta se hace duda metafísica “Tal vez todo no sea nada”. Solo la imaginación puede redimirnos de la duda, en un intento amoroso de desplazar el tiempo. Puede ser en una fantasía nocturna, soñada, en la que la plenitud amorosa se recupera con fugacidad. 

      Este querer desandar el tiempo se expresa vivamente en el poema “Furtivos secretos”, en el que se quieren desatar “los nudos del azar” con la entrega a otro cuerpo, en donde se amortigua el amor bajo “la coraza sin llave de la severa metáfora del caracol”.  

      Esa consciencia existencial del ser para la muerte aparece frecuentemente en esta obra. Se acoge, por ejemplo en el poema “El funeral”, como una crítica de la actitud superficial y evasiva con que se ve la muerte, en donde se instala la idea, consoladora pero falsa, de que “solo se mueren los otros”.  

      La palabra poética es, para Heidegger, “la casa del ser”, pero esta palabra puede tener peso (“Pesaban las palabras”): “Buscaban su plenitud/ en el horario del agua,/ como una gacela joven/ una tierra acariciada”. Y es que la palabra puede “beber en el tiempo” para grabar los besos y revelarlos. Entonces la palabra se arriesga a ser tachada de locura, pero se desahoga “en el camino de lo perdido,/ en la última línea del destiempo”. 

      Así la existencia del ser humano aparece como un continuo estar abrazado a lo inútil “a los fusiles plateados del tiempo”. Queda una consciencia pesimista de desprendimiento de afanes perdidos: “somos todas las cosas que se quiebran”. Y se asienta la consciencia de la fantasía y la ilusión: “Tal vez nada en la carne”. 

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